martes, 13 de octubre de 2009

Chronic City, lo nuevo de Lethem



En inglés existe una hermosa palabra, whimsical, que hibrida los adjetivos de "caprichoso" y "fantástico", e incluso tienen una maravillosa expresión (según leo en mi diccionario Collins) que es to be in a whimsical mood, que se traduce literalmente como "estar de humor para dejar volar la fantasía".

Qué pena que Michiko Kakutani, a la sazón crítico literario del New York Times, haya utilizado una palabra tan bonita para algo tan feo como poner a caer de un burro el último trabajo de Jonathan Lethem, la novela Chronic City, que acaba de ser publicada al otro lado del océano.

Menudo palo le mete. "En el libro", dice Kakutani, "se presenta una versión caricaturizada e insípida de Manhattan, reconocible sólo en su bosquejo, aderezada con detalles extravagantes (nieve en pleno verano, un tigre merodeando las calles, un edificio de apartamentos para perros) que parecen más adornos caprichoso-fantásticos que invenciones humanas genuinamente deslumbrantes o interesantes".

Kakutani se rasga las vestiduras porque, con La fortaleza de la soledad, Lethem había demostrado que no necesitaba recurrir a "las pirotecnias postmodernas y los lindos efectos especiales" de sus obras anteriores, y que era capaz de "escribir vívidamente y con emotividad sobre gente normal, sobre padres e hijos, amigos que crecen juntos, sobre gente que tan solo trata de convivir con los espinosos problemas de la raza y la marginación". (Como es habitual en la crítica seria, Kakutani pasa por alto el importante componente fantástico de aquella aplaudida novela). Incluso aventura que Chronic City se trata de "un curioso paso atrás; lo que en La fortaleza era seriedad, aquí es timidez, lo que allí eran sentimientos profundos aquí son amaneramientos juveniles".

Las lindezas que suelta sobre la novela no terminan aquí. Tediosa, hinchada, insolvente, decepcionante... Cualquiera diría que Lethem le ha dejado a deber un par de cenas o tres a Kakutani, porque de lo contrario no se entiende tal enconamiento. Cuando dice que "los personajes terminan por ser molestos y agotadores", da la sensación de que está hablando del propio Lethem y del estrellato literario y mediático (colabora habitualmente con el propio New York Times) al que ha sido proyectado en los últimos años.

"Carece de la energía y de la consistencia de La fortaleza de la soledad, y del feroz y fascinante poder de los paisajes imaginarios conjurados por maestros del realismo mágico como García Márquez o Italo Calvino", culmina Kakutani, admitiendo implícitamente que Lethem juega en la misma liga que tales genios de la literatura, cosa que otros ni siquiera nos atrevemos a soñar.

Yo no sé si lo que escribe Jonathan Lethem es realismo mágico. No sé si Chronic City será la "larga pesadilla fantástica sobre el Upper East Side de Manhattan, una mezcla entre Saul Bellow y H. P. Lovecraft" que él anunciaba hace un año en su entrevista para Quimera (nº 301). No sé si la novela será buena (Todavía no me quieres fue un pinchazo lamentable) o un simple capricho-fantástico.

Pero sí se una cosa: la crítica furibunda de Kakutani no ha hecho más que disparar mi ansiedad por hacerme con el primer ejemplar que Mondadori tenga a bien traernos para España.

Si queréis saber más sobre Chronic City, esto es lo que cuenta su página web. La sinopsis no tiene pérdida:

El aclamado autor de Huérfanos de Brooklyn y La fortaleza de la soledad vuelve rugiendo con este brillante y mordaz retrato de los ciudadanos de Manhattan, envueltos en sus propias ilusiones, deseos y mentiras.

Chase Insteadman, un atractivo e inofensivo personaje de la farándula de Manhattan, vive de las rentas ganadas cuando era niño y participó en la querida teleserie Martyr & Pesty. Pero Chase debe su rampante popularidad a una tragedia que está ocupando estos días las portadas de los periódicos: su prometida, Janice Trumbull, ha quedado atrapada por un anillo de minas de baja órbita en la Estación Espacial Internacional; desde allí, ella le envía sus apasionadas y descorazonadoras cartas de amor. Igual que Janice, Chase vive a la deriva: ella en la estratosfera, él en una borrosa rutina de cenas y fiestas en el Upper East Side.

En la vida enclaustrada de Chase hace su irrupción Perkus Tooth, un crítico musical independiente y estrábico cuyos atronadores artículos funcionan con un carburante mezcla de marihuana, hamburguesas gigantes con queso, y una despesperada búsqueda de significado. El desparpajo contracultural de Perkus y su paranoia voraz conducen a Chase a otro Manhattan, donde preguntarse qué es real, qué es falso y quién es cómplice se convierte en una cuestión de vida o muerte. Junto con Oona Laszlo, una autodestructiva escritora de historias de fantasmas, y Richard Abneg, un héroe de los tumultos de Tompkins Square Park que ahora trabaja como matón para el multimillonario alcalde, Chase y Perkus intentan desenterrar las respuestas de varios misterios que parecen brindar el más preciado de los artefactos en una isla donde todo puede ser comprado: la Verdad.

Como el mismo Manhattan, Chronic City es un libro bello y engañoso, trágico y misericordioso, devastador y travieso, un reflejo del mundo entero y un lugar absolutamente incomparable.


jueves, 1 de octubre de 2009

Vuelve el Taller




Ha empezado el nuevo curso y ya tenemos nueva convocatoria del taller de Narraciones Extraordinarias para el 15 de octubre. Se trata de un taller on-line de seis semanas de duración en el que trataremos de indagar en las claves de la escritura fantástica en su sentido más cercano y perturbador: la literatura de la incertidumbre y de lo extraño.

Trabajaremos con textos de autores como Cortázar, Murakami o Bradbury, y cada uno de los participantes podrá llegar tan lejos como quiera con sus ejercicios, en un intercambio continuo de ideas y siempre bajo mi modesta supervisión.

Creo que si tuviera que sintetizar en unas pocas frases en qué consiste para mí la literatura fantástica, diría que es la clase de literatura que te hace mirar como si fueran extraños los objetos que tú siempre habías considerado ordinarios. La que te hace tener dudas de qué estás viendo realmente cuando te miras en un espejo. La que amenaza con convencerte de que todo lo que te han enseñado hasta ahora es falso, porque lo imposible en ocasiones es posible, y a veces es lo único que tiene sentido.

Será un viaje fascinante, seguro. Al interior de vuestra imaginación.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Distrito 9



No existe sensación más placentera en una sala de cine que la de quedarte con cara de bobo desde el primer minuto de proyección, pensando: "Caramba, esto es nuevo. Esta historia no me la han contado nunca. No tengo ni idea de qué demonios va a pasar aquí". Después del aburridísimo decenio que llevamos los que no sentimos un apasionamiento especial por los superhéroes, x-mutantes y demás saltimbanquis, por fin un rayo de luz (crepuscular, por supuesto) asoma por el horizonte de la ciencia-ficción, la fantasía, el terror, o simplemente, el cine de género o de géneros.

Neil Blomkamp ha conseguido demostrar con Distrito 9 que todavía existe un margen para la originalidad en este terreno, que un par de ideas frescas y una perspectiva distinta pueden convertir en obra maestra lo que de otra forma habría sido un refrito de viejos argumentos de ciencia ficción. En esta película hay huellas de clásicos B de los ochenta como RoboCop, 1997 Rescate en Nueva York, El día de los muertos y La mosca —o lo que es lo mismo, Verhoeven, Carpenter, Romero y Cronenberg—, pero Blomkamp los pone al día con tanta fuerza y tanto descaro que la película duele como una bofetada merecida, de las que nos recuerdan: ¿Qué te creías, que ya lo sabías todo?

Violencia. Distrito 9 despliega más violencia de la que yo soy capaz de disfrutar sin temer por mis salud mental, pero ¿qué otra cosa cabía esperar? La película nos lo advierte desde el principio, cada diálogo y cada gesto son un aviso de que la violencia no tardará en desatarse, porque el corazón de la historia es netamente violento: la forma en que nos relacionamos con el Otro. Cuando una comunidad entra en contacto con otra distinta y está en posición de someterla, el proceso es invariable: miedo, rechazo, discriminación, segregación, aniquilación. Desde que en el primer minuto oímos al protagonista emplear la palabra "gamba" para referirse a los extraterrestres sabemos que van a correr ríos de sangre. Y vaya si corren.

Con tanto músculo como ingenio, Blomkamp ha traído un producto de serie B a la primera división donde habitan las películas más respetables, sin dejarse por el camino toda la casquería y las triquiñuelas argumentales que nos sorprenderían por su ingenuidad si no fuera porque estamos rendidos y desarmados ante el vigor de la narración. La verosimilitud de la historia está recorrida de costurones por los que podemos deslizarnos en cualquier momento, y salirnos de la película si queremos. Pero hagamos la vista gorda, hombre, no seamos pejigueros. A fin de cuentas, si estamos dispuestos a creer que una gigantesca patera extraterrestre se ha detenido sobre Johanesburgo, ¿qué nos importan pequeñas inverosimilitudes en la lógica de los acontecimientos posteriores?

Pero esta película no valdría ni la mitad si no fuera por un funcionario bastante idiota y antipático llamado Wikus Van De Merwe, nuestro protagonista: el más patético e inolvidable personaje cinematográfico que recuerdo haber visto en muchos años. Su transformación a todos los niveles (no, esta no es una película sutil en sus metáforas ni en sus mensajes), supone el verdadero foco de interés de la película y también lo que la convierte en algo especial, superior a todas las producciones que la rodean, mucho más que el revestimiento de documento social que nos asombra en los primeros minutos y que tan bien ha funcionado en los teasers y en la cartelería promocional de la película. Distrito 9 no es una película de denuncia contra el racismo, sino un producto de entretenimiento que ha decidido tomarse en serio a su protagonista y aprovecharlo para diseccionar los mecanismos de la crueldad y el odio al extraño que nos caracteriza a los seres humanos.

Distrito 9 está lejos de ser una película perfecta, pero las películas perfectas sólo quedan bien en las enciclopedias de cine, mientras que las genialmente imperfectas como ésta se viven durante cien minutos como un auténtico viaje alucinógeno y luego ya qué importa si tal líquido podía provocar tal efecto o tal personaje ha tomado una decisión poco razonable en un momento dado. Menudencias. Chorradas.

Quien vaya a ver Distrito 9 tiene que estar preparado para sufrir. Y tiene que llegar dispuesto a firmar un pacto de lectura en blanco. Es un pacto nuevo: consiste en olvidarse de todo lo que crees saber sobre la películas de ciencia ficción y, por una vez, reconocer que ese capullo integral, ese tipo pusilánime y lleno de prejuicios de la pantalla se parece más a ti que cualquier otro héroe de película que hayas visto antes.



sábado, 19 de septiembre de 2009

Muse


¿Qué es un blog sin unas gotas de patética mitomanía? Vamos allá. En mi próximo avatar quiero ser Matt Bellamy, tener un grupo llamado Muse y hacer discos que se titulen Showbiz, Origin of Symmetry, Absolution, Black Holes and Revelations y The Resistance. Por ejemplo.




martes, 15 de septiembre de 2009

Mapa de los sonidos de Coixet




Cuando uno lee una novela no le da por pensar lo bien que se lo habrá pasado el escritor documentándose, los viajes que habrá hecho, los discos que se habrá comprado o las largas y creativas cenas que habrá compartido mientras planificaba la escritura. Sin embargo, mientras veía la película de Mapa de los sonidos de Tokio yo no podía dejar de imaginarme a Isabel Coixet haciendo exactamente esas cosas, es decir, pasándoselo en grande con sus amigos durante el proceso de preparación y realización de esta película. Particularmente obsesiva me resultaba la imagen de Coixet llenando una gran bolsa de discos por las tiendas de Tokio y luego eligiendo las canciones con deleite, recostada en su loft de lujo, acompañada de una copa de buen vino: ah, ya lo estoy viendo, aquí sonara ésta, aquí esta otra, y cuando se besan...

Es pura envidia, por supuesto. Isabel Coixet me cae genial. Y la película no está tan mal como dicen. Incluso tiene un puñado de buenos hallazgos, empezando por la desasosegante primera secuencia. Pero el hecho de que yo pudiera evadirme tan fácilmente de la historia contada y hurgar en mis frustraciones paranoicas debe de significar algo, me temo.

Supongo que se debe en parte a que la película tiene mucho de documento turístico, una sucesión de postales de Japón. Y a que la trama es tan poca e inverosímil que parece puesta como por obligación, como una excusa sobre la que montar el artefacto audiovisual.
Parece que Coixet estaba en definitiva mucho más preocupada por los tonos y texturas de la fotografía y del sonido (todo ello muy notable, es verdad) que por hacernos creer la historia del vinatero seductor de asesinas a sueldo. Con lo que a mí me gusta Sergi López...

En todo caso, creo que comprendo lo que le ha pasado a Coixet con este guión y no puedo evitar perdonarla, porque mi forma de parir historias sigue un mecanismo parecido. Se trata de juntar dos o tres ideas extrañas, situaciones improbables o personajes singulares, darle a la manivela y ver qué sucede. A veces el resultado es sorprendente y genial. En otras ocasiones, previsible y sin vida. Uno coloca a los personajes en el escenario y simplemente espera que surja la chispa en forma de grandes diálogos o fuertes emociones. Pero ocurre que esa chispa, por motivos inexcrutables, a veces no prende. Y lo que te queda entonces es un largo tren de mercancías caducadas que tienes que empujar hasta alguna estación donde probablemente ya no hay nadie esperando.

Vista la película, resulta muy fácil indicarle a Coixet en qué bifurcación tomó la vía equivocada (por ejemplo, no advirtiendo que la verdadera película estaba en los dos personajes japoneses de la escena inicial; o descarrilando en un epílogo barcelonés que hace daño a los oídos). Pero en el momento de escribir, por supuesto, uno no tiene tan claro hacia dónde conducen los caminos posibles. Las señales son siempre confusas, están torcidas y escritas en idiomas raros. Entonces uno tiene que jugársela, o refugiarse en los lugares comunes.

A pesar del título, está claro que Isabel Coixet escribe sin mapa, dejándose guiar por la brújula de sus intuiciones. Y que siga haciéndolo. Preferiremos siempre que se pierda en sus caprichos originales a que nos conduzca por adaptaciones de mapas ajenos.
Aunque no le den el Oscar.

sábado, 29 de agosto de 2009

Cuentos completos, de Amy Hempel



El corazón… creí que se me paraba. Así que me subí al coche y puse rumbo a Dios.

Así comienza el primer cuento de Amy Hempel en la antología publicada en 2009 por Seix Barral. Y sólo con esa línea ya comprendemos por qué esta escritora aficionada a los perros y a la psicología forense es la musa predilecta de Chuck Palahniuk, aunque por sus páginas no paseen monstruos invisibles ni se abran clubes de lucha.

El secreto está en las frases, contundentes como golpes.

Aunque Amy Hempel no te golpea, más bien te socava por dentro, te va haciendo agujeritos hasta que el vacío es tan grande que tambaleas de vértigo. Su estrategia consiste en ponernos ante un drama, la muerte a ser posible, y entonces hacernos mirar hacia otro lado. El truco funciona de tal forma que, con esa mirada tangente, Hempel consigue emocionarnos más y mejor de lo que nunca hubiéramos creído, aunque de una manera extraña e irracional. Igual que una llave de judo, la prosa de Hempel nos hace perder el equilibrio y luego nos deja tirados en el suelo, hechos un guiñapo.

Amy Hempel es una de las criaturas geniales surgidas del laboratorio del editor Gordon Lish, aunque es muy poco lo que tiene en común con autores como Raymond Carver. Tienen en común la atmósfera de cotidiana extrañeza, quizá, y la presentación de hechos triviales como si fueran decisivos aunque se nos escapen las verdaderas razones. Y las precisión de las frases, por supuesto. Sus frases suenan a veces más a poesía que a prosa, a haiku que a relato.

Como en Palahniuk, a veces sus párrafos parecen un catálogo de síntomas de la vida moderna expuestos en fotos coloristas y satinadas. Pero a diferencia de Palahniuk, todo lo que Hempel nos cuenta es la verdad, es una metódica recreación de los hechos. Casi siempre.

No hay nada de filosofía ni una gota de sermón en estos cuentos. Hempel busca las respuestas del alma en el cuerpo, especialmente en el cuerpo herido. Como una psicóloga forense, esto es.

Aunque se trata de un hiperrealismo tramposo, por supuesto. Con Amy Hempel puede suceder que te esté contando una historia y, de repente, haga una pausa y te diga que todo lo anterior no es cierto. Que ha omitido los datos fundamentales, y que por eso mismo la idea que tú tienes de lo que ha pasado es completamente errónea. Y a continuación, los datos reales. Este cuento se titula La cosecha, y yo lo he utilizado en algún taller literario, robándole la idea a Tom Spanbauer, porque me parece que refleja magníficamente en qué consiste el mecanismo de la ficción y cuál es el poder del narrador. Para quitarse el sombrero, como casi todos los cuentos que abultan este volumen.

Una de las frases promocionales de la cubierta dice: “Hempel te convierte en mejor lector”. Yo añadiría que, con un poco de suerte, también te puede convertir en mejor escritor.

¿Qué más puedo decir? Amy Hempel consigue hacerte llorar con una frase sobre chimpancés. Y eso merece un respeto.


miércoles, 29 de julio de 2009

"Rojo alma, negro sombra" en QuéLeer


Milo J. Krmpotic' firma hoy el artículo en la web de QuéLeer "Títulos que no deberíamos haber olvidado (2)", en el que se incluye este fragmento:

Rojo alma, negro sombra parte de un esquema bastante tradicional en el mundo de la novela de terror: un prólogo que quita el hipo y tres o cuatro personajes cuyas líneas argumentales están condenadas a encontrarse a fin de ofrecernos la explicación de lo sucedido en las primeras páginas. Tenemos a un hombre que ha regresado de la muerte con las facultades motrices mermadas pero con la capacidad de ver sombras del pasado. A una mujer separada que huye de su violento ex marido. A un adolescente extraordinariamente dotado para la pintura… Y entre ellos se va tejiendo una red de sucesos que van de lo inquietante a lo sencillamente perturbador, de atmósferas francamente bien definidas y un rigor narrativo que harían bien en conocer aquellos que tan a menudo denostan la novela de género.

La comparación con Elia Barceló que Krmpotic hace al final del artículo me ha dejado definitivamente sin palabras. Sólo una: gracias.