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jueves, 10 de diciembre de 2009

3 días





Seguimos con el género apocalíptico hecho aquí. En este caso, una recomendación para el alquiler en DVD.

3 días es una pequeña película realizada en 2008 que pasó discretamente por las carteleras pero obtuvo cierto respaldo de premios y crítica. Fue dirigida y co-escrita por F. Javier Gutiérrez, producida por Antonio Banderas y Antonio Pérez, y protagonizada por Víctor Clavijo y Eduard Fernández.

La premisa es sencilla: la televisión informa de que un asteroide va a impactar en la Tierra al cabo de tres días y no existe ninguna esperanza de supervivencia. En un pueblo remoto de Andalucía, Ale y su anciana madre comparten la alarma y la desesperación generales, pero añaden además una preocupación particular: temen que cierto personaje oscuro del pasado, el Soro, regrese al pueblo aprovechando el caos, para cumplir una vieja amenaza y acabar con toda la familia. Desde ese momento, Ale se convierte a regañadientes en el único protector de los niños, con los que se refugia en una casa del campo. La llegada de un desconocido que afirma llamarse Lucio desencadenará los acontecimientos...

A diferencia del libro de mi última reseña, donde el hecho fantástico estaba íntimamente entrelazado con el desarrollo de los personajes y la acción, aquí la premisa fantástica (catastrófica, en todo caso) sólo es un marco narrativo, casi un paréntesis que permite sacar a este reducido grupo de personajes de su vida ordinaria durante tres días para enfrentarlos con una siniestra figura de su pasado. Es decir, el meteorito podría ser sustituido por una bomba nuclear, un apagón o una invasión extraterrestre.

La idea del bandido/asesino que está a punto de llegar al pueblo alude directamente al género del western, sensación reforzada además por la ambientación y la fotografía. La narración es estrictamente lineal, previsible en demasiados momentos. De hecho uno de los principales reproches que se puede hacer a este guión es la ausencia de intriga en uno de sus principales giros: la llegada de Lucio. No se juega al misterio sobre la identidad de este personaje y, quizá por culpa de esa inspiración en el esquema del western, el duelo entre los dos protagonistas se reduce a un enfrentamiento netamente físico, apenas psicológico, por más que Clavijo haga lo posible por dotar al personaje de profundas angustias y resonancias dolorosas.

Aunque visualmente el film es atractivo e impactante, cansa un poco la obsesión por dejar claro que estamos en los años setenta, recurriendo a todo tipo de props, canciones e iconos de la época: ¿realmente es necesario mostrar a Eduard Fernández rebobinando casetes Basf con un boli Bic? (Sí, ya sé que es una tontería de crítica, pero no me resisto)

No voy a decir cómo termina, por supuesto. Pero este es un tema que me fascina; sería muy interesante hacer un listado con todos los finales de historias apocalípticas de los últimos años, tanto literarias como cinematográficas, y ver cuántas de ellas han dado con una solución satisfactoria para el lector/espectador. Porque me parece casi imposible. Está claro que, en un contexto en el que el mundo se ve abocado al final, la única epifanía que cabe se encuentra en la cabeza de los personajes: hacer las paces con su pasado, con su familia, con sus demonios, etc, etc. Eso, o montamos a Bruce Willis en una nave espacial y salvamos al planeta en el último segundo.

En fin, me temo que en esta película no tenemos a Bruce Willis. Pero tenemos a un puñado de actores nacionales que no están nada mal, un guión no brillante pero con buen pulso, y un director con buenas ideas al que habrá que seguir la pista.

Recomendable para sufrir/disfrutar un rato y ver que existe más cine español del que pensábamos. Podéis ver el trailer aquí.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Distrito 9



No existe sensación más placentera en una sala de cine que la de quedarte con cara de bobo desde el primer minuto de proyección, pensando: "Caramba, esto es nuevo. Esta historia no me la han contado nunca. No tengo ni idea de qué demonios va a pasar aquí". Después del aburridísimo decenio que llevamos los que no sentimos un apasionamiento especial por los superhéroes, x-mutantes y demás saltimbanquis, por fin un rayo de luz (crepuscular, por supuesto) asoma por el horizonte de la ciencia-ficción, la fantasía, el terror, o simplemente, el cine de género o de géneros.

Neil Blomkamp ha conseguido demostrar con Distrito 9 que todavía existe un margen para la originalidad en este terreno, que un par de ideas frescas y una perspectiva distinta pueden convertir en obra maestra lo que de otra forma habría sido un refrito de viejos argumentos de ciencia ficción. En esta película hay huellas de clásicos B de los ochenta como RoboCop, 1997 Rescate en Nueva York, El día de los muertos y La mosca —o lo que es lo mismo, Verhoeven, Carpenter, Romero y Cronenberg—, pero Blomkamp los pone al día con tanta fuerza y tanto descaro que la película duele como una bofetada merecida, de las que nos recuerdan: ¿Qué te creías, que ya lo sabías todo?

Violencia. Distrito 9 despliega más violencia de la que yo soy capaz de disfrutar sin temer por mis salud mental, pero ¿qué otra cosa cabía esperar? La película nos lo advierte desde el principio, cada diálogo y cada gesto son un aviso de que la violencia no tardará en desatarse, porque el corazón de la historia es netamente violento: la forma en que nos relacionamos con el Otro. Cuando una comunidad entra en contacto con otra distinta y está en posición de someterla, el proceso es invariable: miedo, rechazo, discriminación, segregación, aniquilación. Desde que en el primer minuto oímos al protagonista emplear la palabra "gamba" para referirse a los extraterrestres sabemos que van a correr ríos de sangre. Y vaya si corren.

Con tanto músculo como ingenio, Blomkamp ha traído un producto de serie B a la primera división donde habitan las películas más respetables, sin dejarse por el camino toda la casquería y las triquiñuelas argumentales que nos sorprenderían por su ingenuidad si no fuera porque estamos rendidos y desarmados ante el vigor de la narración. La verosimilitud de la historia está recorrida de costurones por los que podemos deslizarnos en cualquier momento, y salirnos de la película si queremos. Pero hagamos la vista gorda, hombre, no seamos pejigueros. A fin de cuentas, si estamos dispuestos a creer que una gigantesca patera extraterrestre se ha detenido sobre Johanesburgo, ¿qué nos importan pequeñas inverosimilitudes en la lógica de los acontecimientos posteriores?

Pero esta película no valdría ni la mitad si no fuera por un funcionario bastante idiota y antipático llamado Wikus Van De Merwe, nuestro protagonista: el más patético e inolvidable personaje cinematográfico que recuerdo haber visto en muchos años. Su transformación a todos los niveles (no, esta no es una película sutil en sus metáforas ni en sus mensajes), supone el verdadero foco de interés de la película y también lo que la convierte en algo especial, superior a todas las producciones que la rodean, mucho más que el revestimiento de documento social que nos asombra en los primeros minutos y que tan bien ha funcionado en los teasers y en la cartelería promocional de la película. Distrito 9 no es una película de denuncia contra el racismo, sino un producto de entretenimiento que ha decidido tomarse en serio a su protagonista y aprovecharlo para diseccionar los mecanismos de la crueldad y el odio al extraño que nos caracteriza a los seres humanos.

Distrito 9 está lejos de ser una película perfecta, pero las películas perfectas sólo quedan bien en las enciclopedias de cine, mientras que las genialmente imperfectas como ésta se viven durante cien minutos como un auténtico viaje alucinógeno y luego ya qué importa si tal líquido podía provocar tal efecto o tal personaje ha tomado una decisión poco razonable en un momento dado. Menudencias. Chorradas.

Quien vaya a ver Distrito 9 tiene que estar preparado para sufrir. Y tiene que llegar dispuesto a firmar un pacto de lectura en blanco. Es un pacto nuevo: consiste en olvidarse de todo lo que crees saber sobre la películas de ciencia ficción y, por una vez, reconocer que ese capullo integral, ese tipo pusilánime y lleno de prejuicios de la pantalla se parece más a ti que cualquier otro héroe de película que hayas visto antes.



martes, 15 de septiembre de 2009

Mapa de los sonidos de Coixet




Cuando uno lee una novela no le da por pensar lo bien que se lo habrá pasado el escritor documentándose, los viajes que habrá hecho, los discos que se habrá comprado o las largas y creativas cenas que habrá compartido mientras planificaba la escritura. Sin embargo, mientras veía la película de Mapa de los sonidos de Tokio yo no podía dejar de imaginarme a Isabel Coixet haciendo exactamente esas cosas, es decir, pasándoselo en grande con sus amigos durante el proceso de preparación y realización de esta película. Particularmente obsesiva me resultaba la imagen de Coixet llenando una gran bolsa de discos por las tiendas de Tokio y luego eligiendo las canciones con deleite, recostada en su loft de lujo, acompañada de una copa de buen vino: ah, ya lo estoy viendo, aquí sonara ésta, aquí esta otra, y cuando se besan...

Es pura envidia, por supuesto. Isabel Coixet me cae genial. Y la película no está tan mal como dicen. Incluso tiene un puñado de buenos hallazgos, empezando por la desasosegante primera secuencia. Pero el hecho de que yo pudiera evadirme tan fácilmente de la historia contada y hurgar en mis frustraciones paranoicas debe de significar algo, me temo.

Supongo que se debe en parte a que la película tiene mucho de documento turístico, una sucesión de postales de Japón. Y a que la trama es tan poca e inverosímil que parece puesta como por obligación, como una excusa sobre la que montar el artefacto audiovisual.
Parece que Coixet estaba en definitiva mucho más preocupada por los tonos y texturas de la fotografía y del sonido (todo ello muy notable, es verdad) que por hacernos creer la historia del vinatero seductor de asesinas a sueldo. Con lo que a mí me gusta Sergi López...

En todo caso, creo que comprendo lo que le ha pasado a Coixet con este guión y no puedo evitar perdonarla, porque mi forma de parir historias sigue un mecanismo parecido. Se trata de juntar dos o tres ideas extrañas, situaciones improbables o personajes singulares, darle a la manivela y ver qué sucede. A veces el resultado es sorprendente y genial. En otras ocasiones, previsible y sin vida. Uno coloca a los personajes en el escenario y simplemente espera que surja la chispa en forma de grandes diálogos o fuertes emociones. Pero ocurre que esa chispa, por motivos inexcrutables, a veces no prende. Y lo que te queda entonces es un largo tren de mercancías caducadas que tienes que empujar hasta alguna estación donde probablemente ya no hay nadie esperando.

Vista la película, resulta muy fácil indicarle a Coixet en qué bifurcación tomó la vía equivocada (por ejemplo, no advirtiendo que la verdadera película estaba en los dos personajes japoneses de la escena inicial; o descarrilando en un epílogo barcelonés que hace daño a los oídos). Pero en el momento de escribir, por supuesto, uno no tiene tan claro hacia dónde conducen los caminos posibles. Las señales son siempre confusas, están torcidas y escritas en idiomas raros. Entonces uno tiene que jugársela, o refugiarse en los lugares comunes.

A pesar del título, está claro que Isabel Coixet escribe sin mapa, dejándose guiar por la brújula de sus intuiciones. Y que siga haciéndolo. Preferiremos siempre que se pierda en sus caprichos originales a que nos conduzca por adaptaciones de mapas ajenos.
Aunque no le den el Oscar.

miércoles, 22 de abril de 2009

Raimi vuelve al terror


Aburrido quizá de hombres con mallas ajustadas y telarañas en los sobacos, Sam Raimi está a punto de estrenar en EEUU la película con la que regresa al género de terror: Drag me to Hell. No sé si será una gran película (sin duda será peor que la espléndida The Gift). Ni siquiera sé si me apetece verla (el gore dejó de divertirme hace bastante tiempo). Pero la premisa inicial que muestra el trailer me ha parecido tan  oportuna e hilarante que no me resisto a colgarlo. 

Por lo visto la chica protagonista trabaja en un banco, y para ascender se ve obligada a tomar decisiones dolorosas, como denegar un crédito a una pobre anciana que viene suplicando, condenándola a un irremediable desahucio.

Pero ha denegado el crédito a la ancianita equivocada... (risas malvadas)




lunes, 16 de marzo de 2009

Caramelos de colores


Cuando tenía nueve años mis padres nos llevaron a mi hermano y a mí a ver una película titulada "El barco de la muerte". No estaba autorizada para menores de 18, pero seamos comprensivos: noche calurosa de agosto, Benidorm, cine al aire libre. ¿Qué peligro podía existir para una familia de bien en plena Avenida del Mediterráneo? 

El suelo era de gravilla y las sillas de hierro, al estilo terraza. La gente hablaba y comía bocadillos. Cuando la película me aburría, levantaba la vista y me entretenía contando los pisos del hotel Don Pancho que se elevaba por encima de nosotros; me imaginaba a los ricachones que se hospedaban en él, que además de ricos, tenían la suerte de poder ver el cine gratis desde sus balcones. Qué injusto era el mundo.

Mi hermano prefería la técnica de taparse los ojos y atisbar la película entre los dedos desde el primer minuto hasta el último, cosa que yo nunca comprendí. ¿Qué emoción tiene ir al cine si te tapas los ojos? Valiente e insensato, yo dejaba que se grabaran en mis retinas todos los sustos y todas las imágenes grotescas de la película. Corría el año 1981; una época en la que el cine de terror de serie B no se caracterizaba por su sutileza y su buen gusto.

La verdad es que no recuerdo apenas nada de la película. Pero sí recuerdo la visión que más me impactó, y no fue ningún esqueleto en semidescomposición. Fue un bote de caramelos.

Un bote de cristal lleno de apetitosos caramelos de colores. El último objeto que nadie esperaría encontrar en los camarotes de un buque fantasma. Una tentación irresistible para un niño, y también para un adulto desesperado y hambriento. Como aquella mujer, la que por fin se decidía a abrir el bote y comerse una de aquellas bolas brillantes... Mejor no os cuento lo que le ocurría después. Lo que le pasaba a su cara.

Creo que desde aquel día mi hermano detesta las películas de terror; ni con mano ni sin mano, se niega rotundamente a verlas. En cuanto a mí... Bueno, digamos que el cine de terror se convirtió en mi particular bote de caramelos de colores. Desde entonces, cada vez que pasaba por delante del cartel de una de aquellas películas se me aceleraba el corazón y me entraba una inexplicable ansiedad por verla cuanto antes, aun a sabiendas de que allí solo encontraría imágenes horribles y nuevo material para mis pesadillas. Tiburón 2, Tentáculos, Piraña... Ah, aquellas inenarrables producciones italoamericanas de los años ochenta...

Un psiquiatra tendría algo que decir al respecto, seguro. Quizá mis padres cometieron un error fatal al detenerse ante aquel cine de Benidorm y comprar cuatro entradas, en vez de seguir disfrutando del paseo nocturno por la avenida. Una equivocación con consecuencias trágicas para mi psique, me temo.

Aunque de un tiempo a esta parte creo que me estoy curando. Ya no me apetece tanto destapar el bote de cristal y meter la mano para comerme un caramelo. No me divierto viendo películas de terror igual que antes. Soy muy capaz de resistir la tentación de sus colores chillones, de su sabor punzante y su textura pegajosa. Vamos, que me estoy quitando.

Mi secreto es muy sencillo: ahora soy yo el que fabrica los caramelos. Puedo echarles el azúcar que quiera. Puedo pintarlos del color que quiera. Pero lo más divertido, la verdadera tentación irresistible, es cuando llega el momento de inyectarles el veneno.

Gracias, papás.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Gordon/Mamet




Hay películas que no se pueden recomendar por muchas razones (por ejemplo, si no quieres perder la amistad de alguien que te tiene por una persona sana y de buen gusto), pero que están infectadas de algo que las convierte en extraordinarias o únicas, dignas de guardarse en un rincón de la videoteca como un extraño tesoro, o como un licor dulce y venenoso para nuestros invitados más selectos. Este es el caso de Edmond.

El lunes pasado me decidí a poner mi dedo omnímodo sobre el título de esta película en la pantalla táctil del videoclub, estimulado por el apellido de Mamet y por el actor protagonista, William H. Macy. Entre el videoclub y mi casa distan aproximadamente quinientos metros. Recorrí todos y cada uno de ellos pensando que el Stuart Gordon que figuraba en la portada como director debía de ser otro Stuart Gordon. Gordon es un apellido muy común en América, ¿no? Y de ninguna manera podía tratarse del autor de Re-animator y Space Truckers, el mismo al que yo imaginaba disfrutando de una jubilación anticipada en la Costa Brava a cuenta de la Fantastic Factory. Imposible.

Oh, pues resultó que sí, es él. El auténtico Stuart Gordon, adaptando una obra del genial David Mamet. Y por si quedaba alguna duda, ahí está Jeffrey Combs haciendo un cameo en mitad de la película, como recepcionista granujiento dispuesto a tocar las narices del protagonista. Se echa de menos a Barbara Crampton, vale, pero uno no puede menos que celebrar la intromisión de Mamet en la elección de los actores (que jamás participarían en una de las películas habituales de Gordon, seamos claros).

Macy interpreta a un prototípico hombre del traje gris que una buena noche decide romper con su mujer, con su trabajo, con sus prejuicios y con el mundo entero para darse un paseo por el lado más salvaje de la vida, desmelenarse en una aventura sin rumbo fijo. Y como todas las aventuras sin rumbo, la suya acaba en la perdición. Es una historia contada en clave de fábula para adultos, con cartas de tarot, sexo, racismo y violencia. Hay mucha filosofía y mucho mal rollo, pero sobre todo lo último.

El personaje de Macy nos revuelve las tripas de principio a fin, desde que lo vemos regateando con las prostitutas hasta el sórdido final carcelario, pasando por sus estallidos de ira sanguinaria. Su transformación resulta al mismo tiempo forzada y perfectamente conducida por el guionista, igual que le sucedía al personaje de Michael Douglas en Un día de furia. Pero Un día de furia es una comedia tronchante, comparada con Edmond.

Stuart Gordon no es Scorsese, para qué engañarnos, y Edmond no es Taxi Driver. Pero la moraleja de esta insólita producción, al menos para mí, es que la combinación de un libreto magistral (todo lo intelectualoide que se quiera) y un maestro de lo grotesco (sin complejos hacia el lado oscuro y cutre de la vida), puede resultar ocasionalmente en un pequeño milagro indecente, incorrecto, anticomercial como esta película.

Unos buenos diálogos nunca hicieron daño a un guión. Igual que unos buenos actores. Puede que Stuart Gordon se haya divertido más haciendo otras películas. Puede que siga siendo (merecidamente) recordado por Re-animator hasta el final de sus días. Pero sospecho que él es consciente de no haber estado nunca tan cerca de parir algo realmente bueno. Importante, dentro de su absoluta marginalidad. Una historia de miedo de verdad, por decirlo de alguna forma.

En fin, que entre tanto fasto y celebración por las Grandes Películas Del Año me apetecía reivindicar esta historia tan pequeña y bizarra.

Para muestra, un botón.

Is everybody in this town insane???




sábado, 24 de enero de 2009

Revolutionary Road




Bueno, hice lo que no debía y fui a ver la película antes de leer la novela. Hay días en los que a uno le apetece ver caras guapas y coches americanos de los años cincuenta, qué más puedo decir. Y oír la música de Thomas Newman.

Revolutionary Road pertenece a ese posible género de "insatisfacción suburbial" del que habla Jon Bilbao: matrimonios que llegan a la treintena y se dan cuenta de que no llevan la clase de vida que alguna vez soñaron con llevar, o de que su tibio éxito laboral-familiar no es suficiente para llenarles el vacío de sus grandes esperanzas perdidas.

Kate Winslet ya hizo otra película en 2006 que trataba de eso, Juegos secretos (Little Children, basada en la novela de Tom Perrotta), y que también me encantó. No lo puedo evitar, me fascinan esta clase de historias donde el precipicio de la angustia y la desesperación tiene el tamaño de un pliegue en el delantal de la vida cotidiana. Donde lo que está en juego no es nada, pero lo es todo.

De esta película van a decir que es un vehículo para los Oscar, que es empalagosa y moralista, inverosímil, vacía, sobreactuada, repetitiva y pretenciosa. Y puede que tengan razón. Por eso no recomiendo a nadie que vaya a verla.

A no ser que te gusten las escenas intensas. Los personajes contradictorios y llenos de claroscuros. Los diálogos como puñetazos en la cara. Los silencios sobrecogidos. Las profecías autocumplidas. La angustia de reconocerte en la pantalla más de lo que te gustaría admitir.

Me cabrean un par de cosas de la película. Pero ni siquiera las voy a mencionar. No existen la película perfecta ni la novela perfecta, y cuando se apunta alto siempre salen dos o tres balas perdidas. A mí Revolutionary Road me ha emocionado, me ha tenido jodido y en tensión durante dos horas enteras de esa forma que sólo te mantienen las películas poderosas, las buenas.

¿En qué consiste ser valiente? ¿Por qué estamos tan seguros de que merecemos algo mejor? ¿Dónde empiezan la representación y la locura?

lunes, 19 de enero de 2009

Clichés, o La Rebelión de los Enanos


ESCENAS QUE VALEN UNA PELÍCULA (IV)

El primer mandamiento del contador de historias debe ser siempre la búsqueda de originalidad. Para repetir algo que ya ha sido contado mil veces, mejor dedícate a otra cosa. La cerámica, por ejemplo. El buen escritor debe tener siempre activado su sistema de detección de clichés y depurarlos sin perder un segundo, tanto los clichés argumentales como los estilísticos. Intentar siempre que su historia sea y suene distinta, única, personal, o al menos trabajar en ella como si fuera posible lograrlo. No ser perezoso. No tirar la toalla y recurrir al shareware mundial de clichés a la primera de cambio.

No poner "un escalofrío le recorrió la espalda" en una novela de terror.
No escribir un cuento sobre alguien que permanece siempre joven mientras su retrato envejece.
No meter flamenco en cualquier película que transcurra en España, aunque sea en Gijón.
No inventarse un supervillano que adquirió sus poderes al explotarle su laboratorio en la jeta.
Etc.

Y no vale ampararse en la excusa de los arquetipos. Una cosa es introducir a un viejo sabio en tu historia y otra cosa es poner... enanos en los sueños.

Tom DiCillo es un director muy extraño e irregular, autor de esta mediocre película titulada Vivir rodando (Living in oblvivion) y de otra que yo adoro titulada Box of moonlight. Vivir rodando es bastante aburrida porque trata de algo que es esencialmente aburrido: los rodajes de cine. Pero no me digáis que esta escena no vale una película.

Lástima que los clichés no adquieran vida, se rebelen y se marchen airados de nuestras páginas en el mismo momento de escribirlos...

Director/guionista: Tom DiCillo
Intérpretes: Steve Buscemi (actor de rodaje: Pep Antón Muñoz) y Peter Dinklage (Juan Antonio Bernal)




(Aunque Tom DiCillo se confiesa admirador de David Lynch, está claro que esta secuencia es una parodia directa de aquella de Twin Peaks. ¿Podemos decir que Lynch cayó en el cliché, o más bien que fue él quien lo inventó?)

P.D: Y hablando de clichés... Acabo de descubrir en la página de José Antonio Millán una inesperada y divertida utilidad de los lectores digitales: sacar los colores a los autores de best sellers que no saben escribir sin caer en los tópicos y las frases hechas. Ya estamos todos avisados...


martes, 30 de diciembre de 2008

Opening titles


Se apaga la luz. El público guarda silencio. Letras blancas sobre la pantalla negra. Melodía oscura, monocorde. Notamos el corazón acelerarse aunque todavía no hemos visto la primera imagen. ¿Por qué? Porque sabemos que a partir de ahora puede pasar cualquier cosa...

Los títulos de crédito de las películas de terror están cargados de una electricidad especial, sobre todo en el interior de una sala de cine. El silencio expectante del público y la oscuridad nos erizan el vello como una premonición: sucesos terribles van a tener lugar delante de nuestros ojos. Y la música... ¿cómo no adorar la música de las películas de terror, incluso las malas, esas que suenan a casiotrón y a compositor amateur (sí, estoy pensando en John Carpenter)? Apenas un puñadito de notas facilonas que se repiten, con un hummmmm continuo de fondo. A veces la música es buena, también.

Y a veces los créditos son tan impactantes que superan al resto de la película. La película se olvida pero los créditos se convierten en un hallazgo artístico que luego es plagiado en otras películas o en publicidad. Por ejemplo, los de Panic room. Lo cierto es que cualquier película de David Fincher arranca con unos créditos asombrosos; quizá los más conocidos sean los de Se7en, pero por su sobriedad yo me quedo con estos:




Otras veces es en el contraste entre la música y las imágenes donde se encuentra el elemento perturbador, como en el siguiente ejemplo. Eso sí, los años no le han perdonado a Kubrick por el uso de la horrible cortinilla vertical y el espantoso color de la tipografía:




Los hay mas desenfadados. Tanto, que incluso incurren en el plagio declarado, como en el caso del "compositor" Richard Band, que directamente coge el tema principal de Psicosis de Bernard Herrman, le mete una base rítmica a lo Luis Cobos y listo. Pero yo se lo perdono, no lo puedo evitar: recuerdo perfectamente en qué sala y casi hasta en qué butaca estaba sentado cuando vi por primera vez girar estos títulos de crédito:




Aunque para música escalofriante, la de Rosemary's baby de Polansky. Por cierto que los créditos terminan justo en el lugar donde unos años después sería asesinado John Lennon:




Eso sí, mis favoritos absolutos continúan siendo los opening titles de Creepshow, con los que por cierto inauguré este blog y descubrí que en internet también existe censura.

En fin, ya sé que hay millones de títulos de crédito mejores que estos, pero ¿qué queréis? El YouTube no da para más. Y mis ratos libres tampoco.

Feliz año a todos. Y no dejéis de ir al cine. En pantalla grande mola más.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Indefiniciones


Foto: Joel Martínez

Leo con asombro la descripción del último libro de Stephen King en la lista de bestsellers del New York Times: "Cuentos que mezclan la fantasía con el realismo psicológico". Realismo psicológico, nada menos. Que a estas alturas todavía nadie haya inventado una definición más apropiada para la literatura que escribe King me parece insólito, imperdonable.

Porque "literatura de terror" está muy bien, es una categoría digna y elegante, pero no basta ni mucho menos para describir las características de lo que se escribe ahora, dentro del género, ni para distinguirlo de lo que se escribía en los siglos pasados. Se impone una puesta al día y un consenso en el terreno de las definiciones.

Los candidatos al premio a la mejor etiqueta para el género fanta-terrorífico contemporáneo son: "terror psicológico", "psycothriller", "thriller fantástico", "slipstream", "realismo fantástico"  y "thriller sobrenatural".

Slipstream: según wikipedia, es una clase de ficción no realista que cruza las fronteras convencionales entre los géneros de fantasía/ciencia ficción y la literatura general. Bruce Sterling acuñó el término, explicando: "Es una clase de escritura que simplemente te hace sentir muy extraño, de la manera que te hace sentir la vida en el siglo veinte si eres una persona de cierta sensibilidad". Una definición más bien vaga, me parece a mí.

Thriller sobrenatural: A juzgar por las películas que entran en esta categoría, podríamos decir que son historias de terror o misterio en las que el elemento fantástico es protagonista, generalmente asociadas a conceptos religiosos, el más allá, o criaturas fantásticas. Es una definición bastante precisa, pero me parece peligrosa porque desequilibra claramente la balanza en favor de lo espectacular y lo espectral, y en perjuicio de la verosimilitud y del drama real de los personajes.

Realismo fantástico: Según El rincón del vago, el realismo fantástico pertenece a la literatura fantástica, aunque posee sus propias características: el argumento es un hecho real, al cual se le agrega un "ingrediente ilusorio o fantasioso". Los personajes de este tipo de relatos provienen de la cultura de los pueblos, sus supersticiones, sus tradiciones, su folklore, sus leyendas, su historia, es decir, su idiosincrasia, y a la vez se proyectan generalmente a épocas posteriores, mezclando sentimientos reales con hechos futuristas, por ende, ficticios. Esta definición no me gusta mucho porque sigue siendo confusa y suena demasiado parecido al realismo mágico, que es algo completamente diferente.

Psycological thriller o psycothriller: Según la wiki, es un subgénero del thriller que incorpora elementos del misterio, y que, al contrario que en los otros thrillers, pone más énfasis en los personajes que en la trama. A veces el suspense surge de un solo personaje que debe resolver un conflicto dentro de su propia mente. Normalmente, este conflicto consiste en el esfuerzo por comprender algo que le ha sucedido.

Psycological horror o terror psicológico: Es mi favorita. Dice wikipedia: es un subgénero de la ficción de terror que se basa en los miedos de los personajes, su culpa, sus creencias y su inestabilidad emocional para crear tensión e impulsar la trama. El terror psicológico se diferencia claramente del splatter porque no recurre a los efectos del gore y la violencia, y del horror-of-personality (?). El terror psicológico tiende a ser más sutil que el terror tradicional, y habitualmente juega con el arquetipo de la sombra o el Otro. En otras palabras, genera incomodidad al exponer miedos y vulnerabilidades universales, particularmente las partes oscuras de nosotros mismos que reprimimos o negamos. El principal ejemplo de terror psicológico que propone wikipedia es El sexto sentido.

Dentro de terror psicológico o psycothriller también podría incluirse Rojo alma, negro sombra con bastante exactitud. El problema con estas dos últimas definiciones es que no incluyen (necesariamente) el elemento fantástico, y por lo tanto se quedan un poco cojas y podrían asimilarse con el suspense o suspenso, que se caracteriza por encontrar siempre una explicación realista del misterio.

De modo que no existe ninguna solución perfecta, como no sea la del Internet Movie Data Base, que para etiquetar el género de las películas recurre a la suma de factores. Así por ejemplo, El sexto sentido aparece como: Drama + Misterio + Thriller + (More). Y si pulsas en more te encuentras con una ristra interminable de elementos con sus correspondientes vínculos hipertextuales: Paciente + Trauma + Poder psíquico + Thriller psicológico + Niño + Perturbador + Relación madre-hijo... y así hasta noventa atributos posibles.

Lástima que no quepa todo eso en la cubierta de un libro o en el cartel de una película.

Quizá después de todo, la mejor opción sea decir simplemente: "fantástico".

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Esos bichos raros



No hay nada menos glamouroso que un escritor en ropa de faena. Osea, batín fucsia, zapatillas viejas y gorro de lana para el invierno. Por supuesto, sin afeitar. Es el cliché que encarna Michael Douglas en Jóvenes prodigiosos (Wonder boys, 2000), pero que no es ningún cliché. Con la posible excepción de Ray Loriga, sospecho que todos los escritores lucimos un aspecto cotidiano igualmente deplorable. Es lo que tiene trabajar en casa, donde tu familia ya te da por perdido y el único ser del mundo exterior que puede juzgarte es algún fontanero ocasional.

Tampoco es que al salir a la calle mejoremos mucho. En mi barrio vive Rafael Sánchez Ferlosio, y sólo con verle pasar uno sabe que se trata de un genio, de alguien absolutamente volcado en su mundo interior. Por decirlo de alguna forma. En los suplementos y revistas de literatura no predominan las fotos de bellezones. No me gustaría estar en el pellejo del portadista del Qué leer, con la misión de encontrar cada mes una cara guapa (o al menos potable) para atraer al lector. Y para colmo es un mundo dominado por hombres.

Gracias a la biblioteca municipal de mi barrio, provista de una rancia e interesante videoteca, he podido revisar esta película que tanto me fascina y no sé muy bien por qué: Jóvenes prodigiosos. Bueno, sí lo sé. Me imagino que soy Michael Chabon (antes de ganar el Pulitzer) y suena el teléfono de mi casa. Me acerco con mi batín fucsia al teléfono y respondo; apenas me sale la voz, es la primera vez que hablo con un ser humano en todo el día. Se trata del productor Scott Rudin, y me dice que quiere adaptar mi novela Wonder boys con Michael Douglas en el papel principal, Tobey Maguire, Robert Downey jr., Frances McDormand y Katie Holmes. El director será Curtis Hanson, y de la adaptación no me tengo que preocupar porque se encargará Steven Kloves. Ah, sí —añade antes de que pasemos a hablar de los millones que voy a cobrar por los derechos—, y la canción de la película la hará Bob Dylan. Entonces yo hago como que me lo pienso un poco y digo: hmm, okay, deal.

La escena no ocurrió exactamente así (Chabon es demasiado cool para llevar batín fucsia), pero responde a mi sueño imposible en lo que se refiere a adaptaciones cinematográficas. Sobra decir que en España no hay ningún Scott Rudin, ni Michael Douglas, ni Bob Dylan. Ni siquiera un Steven Kloves. Pero yo tampoco soy Michael Chabon, así que supongo que estamos en paz.

Jóvenes prodigiosos es una película divertidísima sobre todo por el personaje de Grady Tripp que interpreta Douglas, un escritor que sufre lo contrario al bloqueo creativo, es incapaz de dar por concluida una novela que ya va por la página 2532, acaba de ser abandonado por su mujer, su amante se queda embarazada, su mejor alumno se pasea por el campus con una pistola, su editor bisexual se presenta en casa para interesarse por el avance de su libro... Como véis, una historia poblada de bichos raros. Los brillantísimos diálogos de Steven Kloves le merecieron una nominación al Oscar, aunque no sé hasta qué punto hay que agradecérselos al propio Chabon, puesto que la novela —que yo sepa— nunca ha sido traducida. Una pena.

Iba a colgar aquí el increíble videoclip de Bob Dylan (él sí ganó el Oscar) para terminar, pero la compañía Sony no me deja, malditos sean. Ánimo, la canción bien merece el esfuerzo de un click.

People are crazy and times are strange
I'm locked in tight, I'm out of range
I used to care, but things have changed

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Cumpleaños con alien


ESCENAS QUE VALEN UNA PELÍCULA (III)

Para mí, Señales es una película magistral desde el primer fotograma hasta el último. Sé que tiene muchos detractores, que no le perdonan la falta de lógica de la invasión extraterrestre ni el desenlace con bate de béisbol incluido. Vale. Pero incluso los más enconados enemigos de Shyamalan reconocerán que tiene al menos una escena indiscutiblemente genial, escalofriante e inolvidable, a pesar de que apenas dura minuto y medio.

Se trata de la primera (y penúltima) vez que vemos a los alienígenas invasores en la película, y lo hacemos a través de un informativo de televisión, encerrados en un armario en compañía de Joaquin Phoenix.

Esta escena demuestra por qué Shyamalan es un genio y por qué, en el género de terror, menos siempre es más.

What you are about to see... might disturb you.

Autor/Director: M. Night Shyamalan.
Intérprete: Joaquin Phoenix.



sábado, 1 de noviembre de 2008

Salsa tártara


ESCENAS QUE VALEN UNA PELÍCULA (II)

The weather man (El hombre del tiempo, 2005) es una película de Gore Verbinski que se quedó unos cuantos escalones por debajo de la perfección pero que cada vez que la recuerdo me hace sonreír. Nicholas Cage es el protagonista, un tipo mediocre y patético, que además de trabajar en la profesión que anuncia el título lucha por hacerse una carrera como escritor (¿cómo no iba a caerme simpático?). Además de ser un desastre como marido y padre, sufre un bochornoso complejo de inferioridad respecto a su padre, un brillante y laureado autor interpretado con implacable dureza por Michael Caine.  

Esta es la escena en la que David Spritz (Cage) se plantea qué es lo que ha hecho mal en su vida, en qué momento comenzaron las cosas a torcerse... o qué habría sido diferente si aquel día no se hubiera olvidado de la salsa tártara.

Me encanta esta escena por dos razones: por el monólogo interior del protagonista mientras espera el semáforo, y porque refleja cómo un suceso absolutamente tonto y minúsculo puede convertirse en la gota que colma el vaso de una situación insostenible, o dicho con otras palabras: cómo podemos perder el control de nuestras vidas por una acción irreflexiva, un pequeño error que de pronto se convierte en decisivo sin que entendamos muy bien cuál ha sido el proceso. No sé, creo que es todo un tema. La anti-épica de la vida real.

Debería introducir algo de espionaje o plutonio robado en mi novela. Para darle más sabor.

Guión: Steven Conrad.
Actores: Nicholas Cage (actor de doblaje: Jordi Brau) y Hope Davis (actriz de doblaje: Alicia Laorden)
Director: Gore Verbinski


viernes, 24 de octubre de 2008

Escenas que valen una película (I)


Como ando metido en mi nuevo curso de guión, estos días tengo la cabeza llena de películas y escenas. Mi obsesión particular son las escenas geniales dentro de películas mediocres; esas secuencias que son como una pepita de oro encontrada en medio del fango, apenas dos o tres minutos que hacen buenos los otros ochenta y ocho, esas ideas brillantes y bien resueltas que se elevan sobre el mar de vulgaridad circundante como faros en la noche. La escena que se comenta al salir del cine, y que tarde o temprano alguien termina colgando en el YouTube.

Por ejemplo, esta escena de Amor a quemarropa. No me gustan las películas de mafiosos, pero este caso es excepcional. El malvado capo anda tras los pasos de Christian Slater, que le ha robado algo valioso, y trata de persuadir al padre de su perseguido para que le revele su paradero. Estamos hablando de una situación de vida o muerte, y de lo que un padre puede hacer por su hijo. No se trata solo de que los diálogos sean graciosos.

Así que dime: ¿Crees que estoy mintiendo?

Autor: Quentin Tarantino.
Intérpretes: Christopher Walken (actor de doblaje: Manuel García) y Dennis Hopper (actor de doblaje: Camilo García).
Director: Tony Scott.


jueves, 25 de septiembre de 2008

Sin palabras



Sé que no debería hacer esto, pero voy a hablar de una película que no he visto y probablemente no veré. Se trata de Tiro en la cabeza, que hace dos días presentó Jaime Rosales en el Festival de San Sebastián. Y digo que no la veré no porque me parezca una inmoralidad mostrar la vida cotidiana de un terrorista en plan costumbrista (nadie le pide corrección moral al cine, ni a ningún tipo de arte), sino porque el propio director ha dicho que el objetivo de la película "no es producir entretenimiento de hora y media, sino crear un efecto sociológico", y que no está dirigida para el espectador actual sino para "el espectador del futuro, que tendrá un alto nivel de conciencia".

Bueno, pues como el efecto sociológico ya se ha creado y mi conciencia todavía anda en pañales (además de lo poco que me apetece pasar hora y media viendo una película sin diálogos), voy a pasar a opinar únicamente sobre lo que dice la prensa:

Carlos Boyero, con cuya falta de paciencia coincido casi siempre, dice: "A mí todo lo que cuenta Rosales me provoca un tedio excesivo, pero también lo que pretende sugerirme, o lo que me oculta. La visualización de la grisácea cotidianeidad de este profesional del horror me parece tan estéril como pretenciosa". (Aunque lo más cruel del artículo, creo, son las comillas sobre la palabra artista que incluye el titular)

Fernando Savater, que razones no le faltan para tomarse en serio la cuestión, se despacha con mayor contundencia: para él, el film es un "tostón" y una "película fallida que quiere dar una lección al mundo y se revela que el director es un incompetente en esas cuestiones".

Sin embargo, el crítico Mirito Torreiro opina: "Tiro en la cabeza es un verdadero ensayo sobre cómo se construye y se consolida, en el cine, la imagen; pero también sobre cómo evitar cualquier identificación con un terrorista".

Y se me ocurre que ésta debía de ser la intención del director, provocar un efecto de extrañamiento en el espectador al mostrarle una vida aparentemente "normal" que en la que de pronto se introduce un asesinato, como un simple acto violento totalmente desprovisto de razones ideológicas. Como no he visto la película, no sé si ese efecto se consigue en la buena dirección o en la inversa, es decir, dando a entender que pertenecer a una banda de asesinos como ETA es la cosa más normal del mundo, que los terroristas son gente como tú y como yo. (Que son gente en el sentido de comer, escuchar música y satisfacer sus necesidades ya lo sabíamos antes de esta película)

Pero cuando se lo preguntan, Jaime Rosales, que tiene todo el derecho del mundo a hablar de política y a proponernos sus soluciones, faltaría más, nos viene con el rollo de que no podemos hablar "de buenos y malos", de que hay que escuchar lo que el terrorista tiene que decir, ponerse en su lugar y tal, porque esa es la única manera de resolver el conflicto.

Yo no sé cómo se resuelve el conflicto. Puede que el conflicto no deba resolverse de ninguna manera (los muertos no tienen solución, eso seguro). Puede que en realidad no exista ningún conflicto, sino sólo unos tipos que se ganan la vida poniendo bombas igual que otros ponen toldos con flores. Si le quitas el sonido a la vida de un instalador de toldos probablemente se produzca un efecto de extrañamiento bastante artístico, también. Pero no quedaría igual, claro. 

Porque sí hay buenos y malos. Y quienes mejor lo saben son los contadores de historias, como Rosales, porque a ellos les encantan los malos. Nos encantan los malos. Los malos dan más juego, fascinan más, hacen acelerarse el pulso, saltar la adrenalina.

Así que dime lo que quieras, Jaime Rosales, menos que el tipo de tu película no es malo. Los que asesinan a sangre fría siguen siendo igual de hijoputas aunque les bajes el volumen al máximo y los enfoques con teleobjetivo.


martes, 23 de septiembre de 2008

Nadie sabe nada



Además de escribir novelas de fantasmas y cuentos de hombres lobo, ejerzo cuando puedo de guionista y trato de ser útil en un taller de guión online a través del Portal del Escritor. Como soy algo escéptico respecto a los cursos de escritura creativa que se anuncian con extensos temarios y grandes pretensiones, me parece que la manera más honesta de comenzarlos siempre es recurriendo a la famosa máxima de William Goldman: "Nadie sabe nada". (William Goldman -el señor de la fotografía- no sólo es un gran escritor y uno de los mejores guionistas americanos de la historia, sino que tiene un par de libros divertidísimos sobre sus experiencias profesionales y que nunca me canso de recomendar por encima de cualquier manual al uso: Aventuras de un guionista en Hollywood y -más recomendable, por más reciente- Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood, de Plot Ediciones)

Nadie sabe nada. Es decir, no hay garantías, no existen trucos ni fórmulas infalibles. Lo que te puede enseñar un profesor se resume en muy poquitas cosas (eso sí, tan fundamentales como aprender a usar el cuchillo y el tenedor); lo demás lo tienes que poner tú. Ya sabéis: 99 % transpiración, 1 % inspiración.

Pero, ¿realmente nadie sabe nada sobre cómo se construyen las buenas historias? ¿Y los críticos? ¿Y los académicos? Bueno, sí, ellos saben algunas cosas; saben reconocer virtudes y defectos, saben comparar, saben interpretar, y sobre todo saben poner nombres a conceptos abstractos: corrientes, escuelas, figuras literarias. Es importante que alguien ponga nombres, que ordene, que recopile, que interprete, que critique. Desde luego. Pero a la hora de sentarse ante una hoja en blanco y pensar una historia... no, ahí nadie sabe nada. El autor está más solo que la una. Está tan solo y perdido que le dan escalofríos; mira por la ventana, bebe un sorbo de café, se mira el reloj, está amaneciendo. Y tiene toda una estantería a su espalda llena de libros; muchos de teoría, muchos subrayados a cuatro colores. Pero no le sirven de nada. En realidad, su colección de CDs le ayuda mucho más: si escoge la música adecuada para escribir, puede que las ideas comiencen a fluir lentamente. O en tromba, nunca se sabe.

Ante esa soledad, el único papel útil que puede representar el profesor (o el colega, o la pareja) es el de pared. William Goldman dice que él es el mejor del mundo "haciendo de pared" con otros guionistas, es decir, ayudándoles a sacar adelante historias que se han quedado atascadas, o haciéndoles ver cuáles son las ideas más valiosas y las más peregrinas de sus proyectos, en resumidas cuentas devolviéndoles sus propias ideas pero con una perspectiva distinta, externa y muchas veces cruel (no se trata de engordar egos, sino de lograr un buen guión).

Claro que eso es más fácil con los guiones de cine, siempre delimitados por un buen puñado de reglas y convenciones obligatorias, que con la escritura de novelas, donde la libertad del autor (y por tanto su vértigo y su soledad) no conoce fronteras. Para las novelas podría valer mejor la figura del Lector Ideal que acuñó Stephen King: escribir pensando en satisfacer a un hipotético (o real, con nombre y apellidos) lector idóneo de tus historias, el público perfecto al que te gustaría llegar, que no es igual que escribir para uno mismo, sino en todo caso para una versión idealizada de uno mismo, una especie de superyó literario.

Nadie sabe nada, es verdad. Pero escribir es un trabajo demasiado solitario, así que hagamos como que no nos hemos dado cuenta. Apuntémonos a cursillos, escuchemos a los expertos, leamos muchos libros, tomemos muchas cervezas con los colegas. Cualquier excusa es buena para salir del agujero. Y aprender algo, con suerte.


miércoles, 17 de septiembre de 2008

Soy leyenda



Es duro admitirlo, pero el género fantástico le debe un agradecimiento a Will Smith. Que un proyecto tan difícil como el de Soy leyenda se haga realidad, primero, y después se convierta en uno de los mayores éxitos cinematográficos de la década se debe en gran medida al carisma y a la testarudez de  su protagonista. Y eso a pesar de que, a priori, costaba pensar en un actor menos apropiado que Smith para encarnar la solitaria y sórdida agonía de Robert Neville. De hecho, yo dejé pasar la película en las salas porque la cara del protagonista me disuadía, pero después de releer la novela de Matheson no me he podido resistir a coger la película en alquiler (oh, sí, siguen existiendo los videoclubs) para echarle un vistazo. Y me ha encantado. 

Me ha encantado, no lo puedo evitar. Sé que está llena de defectos, que es un vehículo para el lucimiento de Smith, que el espíritu y el final de la historia original han sido desvirtuados por completo, que los vampiros ya no son vampiros sino zombies de videojuego... Pero la película funciona: entretiene, fascina, aterroriza. Y de eso se trata, ¿no? De hacer que el público contenga la respiración. Que deseen ver la siguiente escena y al mismo tiempo no verla.

Porque en el cine se trata de mostrar, no de contar como en las novelas. Y ninguna película mejor que Soy leyenda para entender lo que quiero decir. En los dos primeros tercios del metraje prácticamente no hay diálogos, con excepción de los flashbacks y los monólogos de Neville con su perro. Y al igual que sucedía con Wall-E (cuánto nos gusta ver Nueva York devastado, qué vicio más malsano), esa primera parte de soledad absoluta es la que más nos impacta, la que se queda en la memoria y donde se localiza el verdadero corazón de la historia, mucho más que en el discutible final. Un final del que, por cierto, se rodaron dos versiones muy distintas, casi opuestas.

El hecho de ver a Will Smith tan calladito tiene un atractivo añadido, por supuesto. Pero el poder visual de Soy leyenda va mucho más allá de las habilidades interpretativas o el tamaño de los abdominales de su estrella protagonista. La puesta en escena es brillante. El momento en que Neville entra dentro del edificio oscuro en busca de su perro y se encuentra con los vampiros (los primeros que vemos) es uno de esos instantes en los que te dan ganas de mirar hacia otro lado y empiezas a canturrear por lo bajo: "sólo es una peli, qué tontería, no voy a dejarme asustar".

Cualquiera que coja el libro de Matheson después de ver la película posiblemente se sentirá decepcionado, aplastado por tanto palabrerío y tanta elucubración sobre qué cosa son o dejan de ser los vampiros. Y eso que Richard Matheson se caracteriza por ser un escritor ágil y directo, musculoso. Pero ni el más musculoso de los escritores puede competir en síntesis y en tensión física con una escena de cine bien rodada. No es lo mismo leer que Neville está herido en una pierna y se acercan los vampiros que verlo allí, tirado en el suelo, mientras la luz del sol se extingue  detrás de los rascacielos y ya se empiezan a escuchar los primeros alaridos de las bestias despertando. El efecto inmediato y adrenalínico de un golpe visual es un recurso del que carecemos los escritores de suspense, y que muchas veces intentamos suplir caminando justo en la dirección contraria, utilizando frases elípticas, telegráficas, dejando más terreno a la imaginación del lector que a las descripciones explícitas. El sobrecogimiento que logramos por ese camino tal vez no sea tan visceral como el de una escena de acción, pero cuando está bien tramado resulta considerablemente más perturbador, insoportable e insidioso, precisamente porque nos ha obligado a participar con nuestra imaginación.

Los guionistas Mark Protosevich y Akiva Goldsman han reconocido abiertamente que se basaron tanto (o tan poco) en la novela original de Richard Matheson como en la película protagonizada por Charlton Heston con el título The Omega man. No se trataba de hacer una adaptación fiel, por tanto, sino de conservar el núcleo de la idea original y poco más.
Por eso no les ha temblado el pulso a la hora de desnaturalizar a los vampiros, privarles de toda su parafernalia tradicional de ajos y espejos y dejarlos reducidos a simples zombies nocturnos o darkseekers. Se elimina también la idea del virus mutante que establecía dos clases diferentes de vampiros en la novela de Matheson. Se incorpora un niño (faltaría más) para que la estampa familiar se rehaga momentáneamente al final. Y así enésimos cambios, pero todos con una misma dirección: sintetizar, reducirlo todo al concepto de un hombre solo y una ciudad infestada de monstruos. Y a partir de ahí, crear escenas que hagan acelerarse el corazón. En ese objetivo minimalista y epidérmico, la película logra un éxito incuestionable.

Además, hay dos aspectos importantes de la novela que en mi opinión han sido alterados con muy buen criterio. Primero: la razón por la que el Robert Neville original permanece en su casa a pesar del desastre es tan tonta como que "está acostumbrado". Segundo: todo lo que hace es beber litros de alcohol durante la noche; su tarea diaria de recorrer la ciudad clavando estacas se presenta como un entretenimiento estéril, inacabable e incomprensible ante la opción mucho más lógica de buscar otras regiones más despobladas. El Neville de Will Smith, en cambio, decide quedarse en Nueva York porque su ciudad es la "zona cero" (sin Bin Laden reclamara derechos de autor...) y él se siente comprometido de manera obsesiva con los que siguen allí (sí, los vampiros) porque su trabajo siempre ha consistido en proteger a la gente y porque todavía está convencido de que puede hacer algo para arreglar las cosas, para curarlos. Tal vez sea una motivación de cartón, un cliché prefabricado muy al estilo del héroe yanki, pero al menos es algo, y otorga sentido (práctico) a toda la tragedia del personaje. Supongo que lo que me pasa, en definitiva, es que no me gustan los finales tristes.

Sólo me falta terminar diciendo que la novela está sobrevalorada. Pues no. La novela es astronómicamente superior a la película. Permanecerá en las estanterías de las librerías muchos años después de que nadie recuerde quién era Will Smith.

Y por cierto, hace falta tener jeta para terminar una novela que está escrita en tercera persona diciendo: "Soy leyenda". Pero la frase lo merecía.

lunes, 8 de septiembre de 2008

De curas franquistas




Hace falta tener muy buenos motivos para plantarte delante de unos multicines, estudiar con calma los carteles de todas las películas y decidirte al fin por esa en la que aparece un calvo en pijama junto con un niño, Maribel Verdú y un cura difuminado al fondo. Osea, Los girasoles ciegos.

Yo tenía un buen motivo: me había leído el segundo relato del libro escrito por Alberto Méndez. Sólo ese capítulo, el titulado "Segunda derrota: 1940, o Manuscrito encontrado en el olvido". Reconozco que los otros los dejé pasar, no me interesan demasiado las historias de curas y guerra civil. Pero me habían avisado de que ese segundo capítulo era especial y puedo confirmar que es el cuento más impactante y estremecedor que he leído en muchos años, quizás en toda mi vida (Y aquí incluyo toda la literatura estremecedora que ha pasado por mis manos).

Sabía que era imposible hacer una película (digna) con aquel material, y me alegro de que Jose Luis Cuerda no lo haya intentado (o se haya arrepentido a tiempo). La película de Cuerda se centra en el último relato del libro, que le da título, y que trata de un joven diácono capaz de todo por llevarse a la cama a la mamá de uno de sus alumnos. Resumido así parece una bobada, y la verdad es que la película (como el cuento) cuenta una historia muy sencilla, casi minimalista. Pero la película tiene dos virtudes fundamentales que justifican el precio de la entrada: las interpretaciones, sobre todo la de Raúl Arévalo, y que Cuerda consigue mantener un buen grado de tensión hasta el final a pesar de su estilo plano y clasicón como realizador. También es cierto que yo era el público ideal para la película, porque me motivaba mi experiencia con el segundo capítulo y desconocía el desenlace del cuarto, que es el desenlace de la película, de gran intensidad.

Hay que advertir que toda la película rezuma una cierta atmósfera fúnebre, empezando por los títulos de crédito. Los dos autores de la historia, Alberto Méndez y Rafael Azcona, han muerto antes de ver el resultado de su creación (Méndez tuvo tiempo de saber que su libro gustaba entre los críticos, pero no hasta el punto de llegar a convertirse en un libro de culto). Y toda la parafernalia del franquismo, en fin, ya se sabe: a la cuarta vez que estás viendo a un cura entonando el "Cara al sol" te dan ganas de llamar por teléfono a Cuerda y decirle: "tío, déjalo ya, hemos pillado la idea". Pero qué se le va a hacer, lo cierto es que los curas franquistas entonaban el cara al sol, y tenían fotos de Franco y de Jose Antonio junto al Cristo presidiendo las clases. Fue una etapa tan larga y oscura que todavía tenemos que seguir haciendo esfuerzos para sacudirnos de encima toda aquella miasma putrefacta.

En conclusión: la película se puede ver, pero el libro (al menos la Segunda derrota) es de lectura obligatoria. De verdad.


jueves, 21 de agosto de 2008

¡Tchak, tchak, tchak!



Se suele decir que una novela es cinematográfica cuando tiene muchos y largos diálogos, pero se trata de un tópico totalmente erróneo. El cine es pura síntesis, y los diálogos se miden siempre con cuentagotas. No existe nada más anticinematográfico que esas conversaciones de ciertas novelas que se extienden a lo largo de docenas y docenas de páginas: bla, bla, bla, bla...

Esto viene a cuento de Harry Potter y sus adaptaciones al cine.  El sistema que empleo con mis hijos es el de ver la versión cinematográfica después de leer el libro, por supuesto. Así ellos lo disfrutan dos veces y yo aprendo cantidad de técnica de guión. Mi nuevo ídolo es Steve Kloves.

Steve Kloves es el guionista que ha adaptado hasta ahora todas las novelas de Harry Potter con excepción de La Orden del Fénix, incluidas las dos partes de la última novela publicada que se encuentran en preproducción. 

Pues bien, me lo paso bomba viendo el trabajo de Kloves con los novelones de Rowling. ¡Qué manera de meter la tijera! ¡Tchak, tchak, tchak! Resulta una auténtica gozada ver cómo van cayendo los trozos inservibles, las ramas largas y retorcidas, las ideas tontas, los rollos interminables... Puede que las películas resultantes tampoco sean ninguna maravilla, pero mi sensación al verlas es la de asistir a un virtuoso trabajo de poda y jardinería: lo que era un arbusto hipertrofiado y amorfo termina convertido en un seto perfectamente cuadradito y decorativo. Chapó.

Kloves no sólo reduce a su esencia las conversaciones repetitivas e sobreexplicativas de los libros, sino que se carga de un hachazo a los personajes y las tramas secundarias cuando no le parecen necesarios, sin derramar una sola lágrima. Aún así, las películas son demasiado largas. Pero es imposible pedirle más a Kloves.

De las adaptaciones que he visto hasta ahora, mi favorita es El prisionero de Azkabán, dirigida por Alfonso Cuarón. En ella, Kloves se luce sobre todo en el desenlace, donde la novela patinaba estrepitosamente con una insufrible charla de cuarenta páginas, absolutamente anticlimática (error en el que reincidirá una y otra vez Rowling, inasequible al desaliento). Cuarón, por su parte, pone su saber hacer al servicio de la belleza estética y así nos presenta una de las imágenes más hermosas de toda la saga: la de Harry Potter sobrevolando el lago a lomos del hipogrifo Buckbeak.

Lo siento, J.K., pero hay ciertos lugares donde la letra impresa simplemente no puede llegar. No es culpa tuya. Es que la gente del cine hace trampas. Por ejemplo, tienen a John Williams.




viernes, 15 de agosto de 2008

¿Lovecraft?



Puede que me equivoque, pero creo se nos aproxima una de las más originales e interesantes adaptaciones de Lovecraft al cine. Parece ser que se trata de un proyecto independiente y transgresor, y existen tantas versiones distintas del trailer que podría venderse como un drama familiar, una película de terror o un romance gay. Curiosamente, todo eso parece encajar muy bien con el espíritu de Howard Philips Lovecraft.

They came out of the sea... and killed lots of people.