domingo, 28 de noviembre de 2010

Reseñas de "Mujer abrazada a un cuervo"


Con permiso, voy a darme el gustazo de recopilar en la última entrada de este blog las distintas reseñas, entrevistas y críticas que han aparecido en prensa y en internet sobre Mujer abrazada a un cuervo.

(Y sí, he dicho última entrada. Después de dos años y medio, creo que ya va siendo hora de jubilar este querido pero abandonado blog. Nos vemos en Facebook, amigos. Las palabras mágicas no acaban aquí.)

En memoria de todos los árboles muertos por la causa, comenzaremos con prensa escrita:

Artículo-entrevista de Emma Rodríguez para el diario El Mundo:



Crítica de Ricard Ruiz Garzón en la revista Qué Leer:


Reseña de Javier Sánchez Zapatero en La Gaceta de Salamanca:


Y en internet:

Artículo-entrevista de Laura Fernández para elmundo.es, aquí.

Reseña de Sergio Parra para Papelenblanco, aquí.

Reseña de Jaime Valero para ZonaFandom, aquí.

Entrevista de Patricia Esteban Erlés para Anika entre libros, aquí.

Entrevista de Jesús Rubio para Diario de Navarra, aquí.

Entrevista de Sonia Macías para Noticias de Navarra, aquí.

Entrevista de Javier Pellicer para H-Horror, aquí.

Reseña de Juan Ángel Laguna Edroso para Ociozero, aquí.

Reseña de Emilio Bueso para Ociozero, aquí.

Reseñas de Patricia Esteban Erlés y Óscar Bribián para Anika entre libros, aquí.

Reseña de José María Tamparillas para El blog de Innsmouth, aquí.

Reseña de Vanessa Godia sobre el Liter Imaginarius en Diario del Alto Aragón, aquí.

Reseña de Joe Álamo en Letras para soñar (Ahora somos piratas), aquí.


Perdón si me olvido de alguno. Mi infinito agradecimiento a todos los arriba citados, y a todos los ocasionales lectores de este blog. Besos y abrazos a repartir,

¡Hasta pronto!


domingo, 14 de noviembre de 2010

De presentaciones



Burjassot, Semana Gótica, Pamplona, Huesca, Madrid... La historia de Cruz Montenegro y su misterioso hombre cuervo sigue dándose a conocer por el mapa y empiezo a acumular tal cantidad de agradecimientos que podría convertir mi blog en un monográfico. Bueso, Vera, Eximeno, Monteano, Somoza. Increíble José Carlos Somoza en la presentación del jueves pasado en la Casa del Libro de Gran Vía. Pasmosa su generosidad y su visión de un panorama narrativo fantástico que conoce bien, porque de estas latitudes él es pionero y guía desde hace algún tiempo.

Y sobre todo gracias a la gente. A los conocidos y desconocidos que te mienten, qué bien has hablado, y encima se gastan el dinero en tu libro. Al menos sé que os gustará. De eso podéis estar seguros.

Atención al detalle de la fotografía de abajo: los puños del lector sobre el borde de la mesa, a la espera de ese libro que le han prometido tan emocionante y extraordinario, apretados y tensos, dispuestos para dar su sentencia.

Ahí se ve quién es el que realmente manda en este negocio.



Fotografías: Bernardo Moll Otto

viernes, 15 de octubre de 2010

HC2010

Predestinación

Viajas en tren. Atraviesas media península para acudir a la más importante convención de literatura fantástica del país. Vas a presentar un libro con título absurdo que al parecer has escrito y por más que emborronas páginas de tu moleskine roja no encuentras el modo de condensar el maldito argumento en un par de frases atractivas o coherentes. Escuchas Imperfect Harmonies en bucle infinito y no puedes dejar de pensar que allí estarás rodeado de otros autores que han escrito libros mucho mejores o en todo caso ellos creen que los han escrito. Gente con camisetas negras que ha leído un millón de páginas de ciencia ficción más que tú y sabe infinitamente más acerca de viajes temporales, poderes extrasensoriales y universos góticos. La cobertura del teléfono dentro del tren es tan mala que empiezas a sospechar menos de Vodafone que de la cancerígena aleación con que está fabricada aquella lata de sardinas rodante, y cuando por fin recibes los primeros mensajes descubres que tu presentador lleva un rato tratando de ponerse en contacto contigo. Mosqueado, te levantas del asiento y vas a pegar la nariz al cristal de la puerta entre vagones, donde la cobertura es sólo una barra menos deprimente, para probar suerte. Porque hoy necesitarás suerte. Quieres que la andadura de tu novela arranque con buen pie. Entonces el tipo en quien has puesto toda tu confianza para que saque adelante la presentación de esa tarde contesta por fin al teléfono y te dice: Ismael, estoy en el hospital.




Clarividencia

Al quinto metatarso de Emilio Bueso no le gustó mi novela. Según los testigos, el crujido que emitió al partirse decía exactamente: "Búscate a otro para esta movida, tío, que yo paso del slipstream". De modo que éste era el panorama: tres horas para mi primera presentación pública de Mujer abrazada a un cuervo y mi brillante presentador siendo atravesado por rayos X justo como en una de esas novelas de ciencia ficción. Cuando se levantó aquella mañana Emilio Bueso no podía sospechar que en pocas horas tendría el privilegio de contemplar el interior de su propio pie. Magia negra, pero no tanto. El descubridor de los rayos X se llamaba Wilhem Röntgen, ganó el Premio Nobel de física en 1901 y treinta años después su apellido se convirtió en la medida de exposición a radiaciones invisibles como, por ejemplo, las emanadas tras la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl. Sístole, diástole, casualidades o sincronías: la única otra persona en el mundo que había leído mi novela recién salida de imprenta se encontraba precisamente allí, en Burjassot, y respondía al nombre de Sergio Vera Valencia. Aunque Sergio no lee los libros, los libros le hablan a él. Por eso ve cosas que nadie más puede ver en sus páginas. Los defectos, también. Pero es tan buena gente que supe que estaba salvado en el mismo instante en que aceptó sentarse conmigo en el lado comprometido de la mesa, donde tienes que hacer algo más que contener los bostezos.




Bilocación

Lo hizo San José de Cupertino y lo hace Emilio Bueso, ambos con ayuda divina: viajar a lugares remotos en menos de un segundo, multiplicarse, estar en dos sitios a la vez. Cuando empieza la presentación no tengo uno sino dos presentadores capaces de obrar milagros. Leer, caminar. Y se me ocurre que hay un puñado de cosas más interesantes de las que hablar ahora mismo, al público no le importaría, pero el programa dice que toca hablar de mi libro y eso es lo que nos ponemos a hacer mientras Verónica Leonetti nos convierte en inmortales con sólo mover un dedo, otro milagro. Emilio dice que he escrito un biothriller y habla de gatos, Sergio se pregunta por mi fijación con los curas y los trastornos digestivos, y yo insisto en que es una novela de suspense aunque ya nadie me crea. Entonces se hace de noche, mis santos se desvanecen y quedo en compañía de todos mis amigos mortales, algunos virtuales que dejan de serlo: David, Fernando, Roberto, Susana, Óscar, Joe, Kachi, Mariluz, Rubén, Santi, otros veinte más y un tipo muy simpático de Vilafranca del Penedés que dicen que ha escrito una novela bastante pintona. Le damos un premio, y todo. Cuando regreso al día siguiente, con un Ignotus que no lleva mi nombre y medio lobotomizado por el rock armenio que brota de mi iPod Shuffle, tengo la impresión de que este Hispacon estaba predestinado a salir así desde el principio, y de que si tuviera el don de viajar al pasado no haría otra cosa que pasarme el lunes temprano por la Casa de la Cultura de Burjassot y colocar un pequeño cartel: Cuidado, escalón.



Fotografías de Verónica Leonetti.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Colección Púrpura nº26




Con todos vosotros: mi tercera novela, recién salida del horno. La cubierta es una fotoilustración de Ash Sivils titulada Mental reflections, lo que no podía ser más apropiado para una novela sobre mentes capaces de viajar al otro lado del espejo.

Éste es el secreto: si cierra los ojos, Cruz puede ver lugares en los que nunca ha estado, instantes de vidas ajenas, crímenes o abrazos clandestinos detrás de una cortina vaporosa. Y éste es el peligro: si no tiene cuidado, su mirada indiscreta podría arrastrarla al otro lado, donde los espectros tienen manos y pueden atraparla.

Permaneced alerta: el hombre-cuervo aleteará muy pronto por vuestra librería más cercana...

(Más información aquí)

lunes, 16 de agosto de 2010

Leer "best sellers" es una enfermedad





No lo digo yo, lo dice el escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York, Eduardo Lago, en su artículo publicado ayer en El País. Tan implacable diagnóstico es el colofón de un texto que comienza con el alivio (alivio para él, al menos) de descubrir que los best sellers no son literatura en absoluto, de manera que los autores cultos y poco populares pueden respirar tranquilos y dejar de sentirse amenazados. Son novelas, sí, pero hechas de algún otro material linguístico completamente ajeno al que alimenta las grandes obras literarias. Otro alfabeto, quizá.

Resuelto a curar de su enfermedad a los probos ciudadanos que consumen best sellers, Lago les anima a arrojar sus librachos a la papelera mas cercana y a que cambien "unas horas de entretenimiento estúpido por una experiencia estética verdadera". Su receta infalible tiene nombre y apellido: Anna Karénina.

Sorprendentemente, el artículo viene ilustrado con el dibujo de un best seller sobre la arena de la playa. Pero digo "sorprendentemente" porque el best seller en cuestión tiene forma de ladrillo, y si algo define a los best sellers es —en palabras del propio Lago— que se trata de "productos ligeros, de fácil consumo". Me temo que la asociación con el ladrillo se corresponde mejor con otro tipo de libros, tal vez alguno de los que Lago quiere recetarnos para nuestra sanación...

Para respaldar su desprecio hacia la literatura de consumo masivo, Lago apela a la clasificación de los libros más vendidos del New York Times, asumiendo que su categoría Paperback Mass-Market Fiction es una especie de gueto para segregar la literatura popular (mala) de la literaria (buena), cuando dicho epígrafe únicamente hace alusión al formato (bolsillo), pero en absoluto al contenido. Otra cosa es que los libros de "alta literatura" pocas veces lleguen a vender el número suficiente de ejemplares en tapa dura para pasar a formato de bolsillo; pero ése es otro lamento.

Por supuesto que todos deberíamos leer a Tolstoi. A Dostoievski. A Dickens. A Galdós. Quien se alimente exclusivamente de best sellers se perderá lo mejor de la literatura mundial y una gran oportunidad para conocer "la profundidad de emociones, el conocimiento del alma humana, la exquisita disección de las pasiones que son el centro de nuestras vidas". No me cabe duda. Pero no puedo dejar de pensar en lo equivocado del planteamiento según el cual cualquier libro que guste a más de diez mil personas tiene que ser una basura y los autores de best sellers tienen todo que aprender de los autores literarios, pero nada en el sentido contrario.

Hay mucho que aprender de los (buenos) autores de best sellers. El ritmo. La empatía. La estructura. La precisión. La tensión. Los diálogos. Los libros que gustan a una gran cantidad de gente (sé que suena a perogrullo, pero parece necesario decirlo) deben de tener alguna virtud después de todo. Algo deben de saber estos escritores de lo que sucede en el corazón y en la cabeza de los seres humanos. Porque la mano negra del marketing no es omnipotente. Y sí existen libros populares que permanecen. De hecho, no existe modo de permanecer que no pase por emocionar a un grandísimo número de lectores. Puede costar cien años, o cien días.

Leer no es una enfermedad, nunca. Estoy seguro de que Eduardo Lago, que ante todo es un buen escritor, no lo piensa realmente. Si acaso somos los autores los que nos ponemos enfermos cuando nadie nos lee.

jueves, 8 de julio de 2010

Que el vasto mundo siga girando





Decía antes que los autores norteamericanos todavía tienen la fortuna de participar en la invención de sus mitos colectivos, lo que me produce mucha envidia. Pero el asunto es incluso más grave. Mientras leía Que el vasto mundo siga girando (Colum McCann, RBA) me he dado cuenta de que hay autores que tratan de hacer algo mucho más osado: la sustitución de un mito por otro. Algo así como convertir una lápida en una bella escultura. Poner heroísmo y belleza donde la historia puso humillación y tragedia.

El 7 de agosto de 1974 el funambulista Philippe Petit caminó por un cable suspendido entre las recién erigidas torres del World Trade Center ante las atónitas miradas de policías y viandantes neoyorkinos. No fue un acto de protesta de ningún tipo. Fue una exhibición pura de equilibrismo, y quizá por eso la hazaña de Petit cayó en el olvido de un modo rápido e implacable. Hasta el 11 de septiembre de 2001. Aquel día las torres gemelas se convirtieron en un símbolo del horror para el mundo entero y muy particularmente para los norteamericanos. Ni diez guerras bastarían para curar esa herida, para tapar esa cicatriz en el corazón del imperio.

Pero sí, existía un modo casi mágico de sanar la herida. Y no fue McCann el primero en dar con la idea, ni el director del documental Man on wire. Fueron los portadistas del New Yorker, en el quinto aniversario de la catástrofe, quienes descubrieron el poder sanador de aquella imagen olvidada del funambulista encaramado en lo alto de las torres como un ser mitológico o semiangelical.

Que el vasto mundo siga girando es un retrato en claroscuro de un puñado de habitantes del peligroso Nueva York de los años setenta. El personaje central es un sacerdote irlandés obsesionado por ayudar a las prostitutas del Bronx; de su historia brotan todas las demás en un haz de conexiones en apariencia casuales, pero concienzudamente planificadas por el autor. McCann no escatima en drama y dolor de todas las texturas y colores, pero los pone en una balanza junto a pequeños atisbos de esperanza y termina por convencernos de que estos pesan más.

Hay una fotografía concreta que sirve de ancla temporal y anímico para toda la novela (incluida en sus páginas), y es la de Petit flotando entre las torres bajo la sombra de un avión que evoca demasiado fielmente a los del 11 de septiembre.

"Un hombre en el aire mientras un avión parece que va a desvanecerse tras el borde del edificio. Un pequeño fragmento de historia que se encuentra con otro mayor. Como si de alguna manera el funámbulo anticipara lo que vendría más adelante. La intrusión del tiempo y la historia. El punto de colisión de los relatos. Esperamos la explosión pero ésta nunca llega. Pasa el avión, el funámbulo alcanza el extremo del cable. No se produce un derrumbe. Se me antoja un momento perpetuo, el hombre solo contra la naturaleza, todavía capaz de convertirse en un mito ante cualquier otra evidencia" (pg. 437).

En este libro, cuando los habitantes de Nueva York levantan la vista al cielo no lo hacen con una expresión de terror en el rostro, sino con otra de asombro y maravilla. Pienso que éste era el objetivo principal de McCann al escribir este libro: corregir aquellos rostros, pintar esperanza y belleza donde sólo había pánico y espanto. ¿No es escalofriante este poder, casi esotérico, reservado sólo a los mejores escritores?

Esta es una novela excelente, abrumadora en ocasiones por la sensibilidad con que penetra en la mente de los personajes (especialmente los femeninos) y por el metódico trabajo del autor para ofrecernos un retrato realista y preciso del momento. Y bueno, dicen que ganó el National Book Award de 2009, pero conste que no me he dejado influenciar.


viernes, 18 de junio de 2010

"Submundo", de Don DeLillo




DeLillo es un autor difícil de recomendar. Escribe raro. No se sabe muy bien de qué van sus libros. Monta párrafos que hacen equilibrios entre la genialidad y el sinsentido. Sus personajes mantienen unos diálogos rayadísimos. Toda su obra gira sobre acontecimientos e iconografía de un país que no es el nuestro. Acabas sus libros exhausto y preguntándote a qué venía todo lo anterior.

Por eso adoro a Don DeLillo.

Ruido de fondo me fascinó y Submundo me ha dejado definitivamente K.O. Entre medias ha ido cayendo un puñado de libros extraordinarios pero que nunca recomendaría: Cosmópolis, Mao II, El hombre del salto, Jugadores, Body art. Algunos son joyas incomprensibles, más que incomprendidas. Pendientes de leer: Libra y el último, Point Omega, aún no publicado en nuestro país.

La cubierta del libro dice que Submundo relata cincuenta años de historia estadounidense, y es verdad, pero cuidado: DeLillo es lo más opuesto a un autor de novela histórica que cabe imaginar. De novela contrahistórica, en todo caso. Quien se aproxime a sus libros para aprender algo nuevo acerca de la guerra fría, del asesinato de Kennedy o del once de septiembre se llevará una decepción. A DeLillo no le importan los hechos concretos tanto como sus implicaciones psicológicas y emocionales, las huellas que dejan en la piel y en el alma de los personajes. Dijo:

Es curioso pensar lo que puede hacer un novelista de ficción, en oposición a lo que hace un periodista o un historiador. Dicen que el periodismo es el primer borrador de la historia, y quizás de un modo curioso la ficción es el borrador final, y no porque sea más fiel a los hechos o más permanente que el trabajo del historiador, sino porque puede entrar en un territorio desconocido. El escritor puede abrirse camino hasta el impacto de la historia en el interior de las vidas, puede examinar lo que el personaje ve, siente, piensa, oye, incluso lo que sueña. Estos son elementos que están fuera del alcance de historiadores, sociólogos o periodistas.

El submundo que nos cuenta DeLillo es lo que se mueve por debajo de los grandes acontecimientos, una especie de reverberación emocional encarnada en mil rostros, unos anónimos y otros legendarios. Desde la perspectiva de DeLillo, una pelota de béisbol puede ser más importante que una detonación termonuclear, y una monja del Bronx puede hallarse más cerca de la transcendencia que el mismo director del FBI.

Pero no voy a hacer una crítica ni un resumen de Submundo porque no me apetece y porque ya hay otros que lo han hecho muy bien. Tampoco voy a recomendarlo. No quiero que nadie me persiga luego con un tocho de novecientas páginas para arrojármelo a la cabeza.

Lo único que digo es que no hay nadie que escriba como este tipo. Lo de menos son los argumentos, realmente. Es su lenguaje lo que marca la diferencia. Su manera literaria de aproximarse a los hechos y a los personajes. Un botón de muestra: el modo en que relata cómo se produce un asesinato accidental, al filo de la página 851. Lees una página así y sientes que te han hecho un regalo increíble. Y si de verdad te preocupa escribir, no tienes más remedio que leer alguna vez a Don DeLillo. Porque sus trucos no son iguales a los trucos de nadie.

Una reflexión más general para terminar: qué envidia me provoca el papel que juegan los autores norteamericanos en la construcción viva de su cultura, en la invención de una mitología propia. Porque eso es exactamente lo que hace DeLillo con sus libros; la búsqueda de esa vaticinada Gran Novela Americana es la búsqueda de una mitología nueva, es el intento de esculpir algo así como una psique colectiva alrededor de hitos recientes de la historia nacional. ¿Es mi impresión, o el autor europeo se ha resignado a ser un observador cínico de su propia cultura, de su historia y de su tradición, que llevan demasiados siglos inventadas e inventariadas? Desde luego, no resulta muy alentador pensar que la Gran Novela Española ya fue escrita en 1605.



jueves, 3 de junio de 2010

Break Some Bones!!!


Uno cree que no es mitómano hasta que se encuentra en la fila esperando para estrechar la mano de Chuck Palahniuk y se da cuenta de que le está entrando una incontenible risa floja y de que no puede parar de comprobar compulsivamente el funcionamiento de su cámara. Pequeños seres patéticos somos.

Con todos ustedes, uno de los escritores más geniales, originales y provocadores de las últimas décadas (me refiero al de la izquierda, sí).




En efecto, hoy día 3 de junio Chuck Palahniuk tenía anunciada su visita por la Feria del Libro de Madrid y yo no podía dejar escapar la oportunidad de conocerle en persona. Ni yo ni otros centenares de fans que aguardábamos pacientemente esta mañana ante la caseta de la Fnac, por cierto, aunque no formábamos una gran muchedumbre si la comparamos con la de cualquier autor realmente "popular" o mediático de la Feria. De hecho, mucha gente preguntaba a qué venía tanto alboroto, y cuando oían el nombre de Chuck Palahniuk se quedaban exactamente igual de desconcertados. ¿Chuck qué? ¿Y éste qué ha hecho?

Palahniuk es un profesional de las firmas, como cabía esperar. Amable, tranquilísimo y vestido como si saliese de misa, ha recibido estoicamente su baño de masas sin derramar una gota de sudor pero sin dejar a nadie insatisfecho, pienso.

La dedicatoria que me ha tocado en suerte dice: "To Ismael, Break Some Bones!!! Chuck Palahniuk".

Me lo tomaré como un consejo práctico para mi próxima novela. Romperé unos cuantos huesos, sí señor.

jueves, 27 de mayo de 2010

Mujer abrazada a un cuervo


Bueno, pues ya es oficial. Tal como avanza Ricard Ruiz en el último número de Qué Leer, mi tercera novela ya tiene título, editorial y fecha de publicación.

Mujer abrazada a un cuervo llegará a las librerías a finales del próximo octubre, de la mano de la editorial independiente que con mejor criterio está apostando por la literatura de género en nuestro país, Salto de Página.



Encontrarme en el mismo catálogo que Jon Bilbao, Juan Jacinto Muñoz Rengel o Carlos Salem va a ser motivo de orgullo y celebración, por descontado. Ya lo está siendo.

No pienso destripar de qué trata la novela todavía, falta demasiado tiempo. Pero diré que se abre con dos citas muy distintas.

Una está sacada del Diario del año de la peste de Daniel Defoe, y habla de medicina oscura, castigos de Dios y fanatismo.

La otra pertenece a una canción de Radiohead, y habla sobre alguien que se siente un bicho raro.





(PD: Tenemos crítica nueva en Literatura Prospectiva. Esta vez sobre el último libro de Stephen King, La cúpula)

sábado, 27 de febrero de 2010

Entrevista con David Jasso, autor de "Feral"




"PREFIERO UNA BUENA HAMBURGUESA A UN PLATO MINIMALISTA DE COMIDA EXPERIMENTAL"


David Jasso se ha convertido en un icono y un referente de la literatura de terror española con apenas dos novelas en solitario (La silla, Día de perros) y una tercera escrita en colaboración con Santiago Eximeno (Cazador de mentiras). Ha ganado el último premio Ignotus a la mejor novela fantástica del año y es presidente de la Asociación Española de Escritores de Terror, Nocte.

José Carlos Somoza ha dicho de él: "Entre los cada vez más numerosos autores españoles dedicados al difícil género del terror, David Jasso sobresale con nombre propio: y el lector que se asoma por primera vez a uno de sus magníficos libros sabe de inmediato por qué".

Además resulta que David es amigo mío y los dos hemos publicado nuestras primeras novelas en la misma editorial, de modo que, ¿qué puedo añadir? Sólo una cosa: en mayo verá la luz su nueva fantasía terrorífica, Feral. Y nada mejor que el booktrailer realizado por el propio autor para hacerse una idea de lo que estamos hablando...





¿Qué es Feral?
Feral es una historia de terror ambientada en una colonia espacial, por lo que tiene muchos elementos de ciencia ficción. Si me obligaras a encuadrarla en uno de los dos géneros, lo haría en el de terror, pero sólo porque la sensación de terror en el ánimo humano es más intensa que la de maravilla. Va dirigida a todos aquellos lectores que quieran emocionarse con una historia llena de tensión e intriga. Eso sí, los que busquen space opera quedarán defraudados, el tono es completamente realista a pesar de los elementos de anticipación que existen.

¿Cómo llevas lo de ser un autor "de terror"? ¿Las etiquetas son beneficiosas?
Ser autor de terror no es algo que uno elija. Es una especie de maldición o de don, según cómo se mire. Yo no puedo huir de ello. Casi todo lo que escribo tiende a oscurecerse, incluso los cuentos infantiles. De todas formas, un escritor tiene que ser capaz de usar distintos registros y en ocasiones consigo distanciarme de las sombras y escribir textos de humor, narrativa convencional o poesías cargadas de sentimiento. Para mí lo más importante es conectar con el lector, asustarle con un relato de terror, hacerle reír con un texto sarcástico o emocionarle con unos versos. Hacerle sentir. Por eso me gusta escribir terror, porque es una de las emociones más potentes que se pueden experimentar.

¿Existe vida más allá de los zombies? Dicho con otras palabras: ¿la literatura de terror siempre tendrá que sobrevivir a base de modas?
Por supuesto que existe vida más allá de los zombies, yo no creo que la literatura de terror sobreviva a base de modas. Siempre ha estado allí y siempre lo estará; los lectores necesitan emociones, la literatura se las da. Las modas son fenómenos pasajeros que no afectan a los verdaderos aficionados. Las personas siempre experimentarán miedo y siempre habrá un autor dispuesto a explotar la necesidad de "temer" en condiciones controladas. Personalmente creo que las modas son perjudiciales porque trivializan el género, además las secuelas y subproductos que se suben al carro de las diferentes modas no suelen poseer calidad.

Uno de los objetivos de la Asociación Nocte es la dignificación del género de terror nacional: ¿cómo se dignifica un género?
Un género se dignifica siendo autores sinceros. Dando lo mejor de nosotros mismos. Es imprescindible que se transgredan los límites y los convencionalismos. No basta con contar siempre las mismas historias, hay que introducirse en la psique del lector y alcanzar el corazón de su miedo. Encontrar nuevos temores y explotarlos. Sólo entonces el género tiene sentido: cuando sorprende de veras, cuando te hace vibrar sin que lo puedas evitar. Cuando se lleva el género a lugares en los que no ha estado antes y se huye de clichés anticuados.
Muchos autores de Nocte son capaces de hacerlo, por eso estoy convencido de que pronto el terror será considerado un género más, y nadie se avergonzará de leerlo o escribirlo. Además es muy probable que la literatura de terror aceche escondida en el interior de novelas generalistas, en muchas obras ya está allí. En definitiva, un género sólo se dignifica cuando el lector cierra el libro sintiéndose satisfecho y quiere más.

Convéncenos de que Stephen King no es peor escritor que CormacMcCarthy.
Ya sabes lo que se dice sobre los colores, ¿no? Pues con los autores pasa lo mismo. A pesar de que McCarthy posee un gran prestigio, yo no puedo conectar con sus escritos, su forma de narrar me saca de la historia y así lo he expresado siempre públicamente. Hemos llegado a un punto en que lo que hay entre Cormac y yo ya es personal, admito que nuestra relación es muy tensa (sus últimas declaraciones sobre mi obra me parecen una soberana salida de tono).
Sin embargo el King de los mejores tiempos me obligaba a pasar las páginas sin poder evitarlo, yo vivía la historia intensamente. Puede que King no sea mejor escritor que McCarthy formalmente hablando, sin embargo a nivel emocional, conecto mejor con su forma de narrar, de transmitir. Yo me quedo con King, sin duda alguna; prefiero una buena hamburguesa a un plato minimalista de comida experimental.

Mientras que en La silla y en Día de perros los protagonistas sufren las consecuencias de sus errores, en Feral la tragedia sobreviene de forma imprevista y gratuita. En general, parece que la literatura de terror siempre gira sobre el tema de la transgresión y de la culpa: ¿te planteas este tipo de cosas a la hora de trazar tus historias?
No, nunca me planteo sobre qué van a tratar mis historias. Ni siquiera sé quién va a ser el protagonista ni cómo acabarán, como para plantearme dilemas morales... Estas cosas surgen sobre la marcha porque la historia las hace brotar o porque los personajes así lo exigen. No me digo: "hoy voy a escribir sobre la culpa, mañana lo haré sobre la redención". Pero hay algo que tengo claro: los actos tienen consecuencias, y a veces los errores conllevan sufrimiento. Si no sueles beber, pero un día te pasas con la cerveza y tienes un accidente de tráfico en el que matas a un chaval, este error te acompañará toda tu vida. Imagina el horror de vivir sabiendo que un acto tuyo causó la muerte de una persona y el dolor de una familia. Imagina lo que sientes en el preciso momento en que sales del coche después del atropello y no sabes cómo vas a encontrar el cuerpo que acabas de arrollar. Sabes, eso sí, que el ruido ha sido aterrador...
Si examinamos Feral con atención, podemos descubrir una trama casi oculta que de alguna manera sí hablaría de la culpa de los humanos y el castigo merecido. En cualquier caso, cada lector encuentra siempre sus propias lecturas profundas, algunas de ellas ni siquiera imaginadas por el propio autor.

domingo, 24 de enero de 2010

"Grendel", de John Gardner




Este es un libro excepcional en el doble sentido de raro y excelente, de esos que te van dejando pasmado mientras los lees y ligeramente cabreado cuando los terminas; porque aquí no se trata de darle gusto al lector, de contar una historia edificante y coherente con héroes y villanos, con su principio y su final, sino de poner unos cuantos asuntos sobre la mesa y obligarnos a mirarlos desde una perspectiva a la que no estamos acostumbrados: qué es la verdad, quién construye la Historia, dónde está el heroísmo, la maldad... el sentido de la vida, para el caso. Por tanto estamos ante una narración evidentemente alegórica, donde monstruos y dragones discuten de forma explícita y no poco sesuda sobre filosofía o política, mientras los hombres a su alrededor se dedican a matarse entre sí en una suerte de inercia bélica infinita.

Grendel es el nombre de una criatura derrotada por Beowulf en el poema épico con el mismo nombre, un monstruo de aspecto indeterminado y casi invulnerable gracias a la protección de un hechizo, que se dedica a irrumpir en los palacios de los hombres para masacrarlos sin piedad. Pero esta bestia descerebrada del poema original es erigida por John Gardner en narrador omnisciente, más aún, es transformada en un ser hipersensible y reflexivo, un individuo atribulado por un existencialismo sartriano que nos sorprende con frases como:

"Comprendí que el mundo no era nada, tan sólo un caos mecánico de hechos violentos y azarosos al que estúpidamente imponemos nuestras esperanzas y miedos. Comprendí —de forma absoluta y definitiva— que yo soy lo único que importa. Todo lo demás, supe, sólo es lo que me empuja a actuar, o contra lo que yo reacciono ciegamente, de la misma forma como el mundo reacciona contra mí. Yo creo el universo, parpadeo a parpadeo".

La dimensión pensante de Grendel lo convierte en un monstruo todavía más estremecedor, aunque al mismo tiempo comprensible, casi cercano. Porque entendemos su egocentrismo y su desorientación aunque no podamos imaginar (la novela tampoco se esfuerza en describírnoslo) cómo era realmente el mundo en el siglo V en Dinamarca o alrededores. John Gardner escribió esta novela en 1971 y, como apunta Jon Bilbao en un prólogo tan interesante que sabe a poco, a pesar del exótico argumento escogido Grendel puede inscribirse perfectamente en la corriente posmoderna de la época (Pynchon, Barthelme) tanto por los temas de fondo que plantea como por los recursos estilísticos que emplea, donde caben capítulos en forma de poema, guión cinematográfico o expresiones directamente científicas como: "Teorema: Cualquier acción (A) del corazón humano provoca una reacción en sentido opuesto y de idéntica magnitud (A')"

Pero el verdadero drama de Grendel es que no cree en sus propias teorías existencialistas; la bestia siente una fascinación corrosiva por la capacidad del Creador (el poeta, el contador de gestas) para otorgar sentido a las guerras (y por tanto a las vidas y a las muertes) de los seres humanos, y él mismo llega a aceptar su papel de ogro intimidador a cambio de cierto atisbo de significado. Al mismo tiempo (y aquí se encuentra la fuente de su sufrimiento), Grendel se da perfecta cuenta del engaño que hay en las bellas palabras del Creador, porque él conoce la verdad del mundo desde antes. Además, el Creador es un mortal y con su desaparición se marcha también el "pegajoso espejismo de interconexión" de sus poemas, lo que devuelve a Grendel al absoluto vacío de su existencia, una vida indigna y llena de dolor de la que no logra extraer ningún aprendizaje. No es extraño que en su agonía, tras la derrota ante Beowulf, su último pensamiento sea: "¿Es alegría lo que siento?".

En definitiva, se trata de un relato insólito y bastante desolador, que a mí me atrapó con fuerza en su primera parte (meterse en la cabeza del monstruo es una experiencia alucinógena) y me desinteresó en una segunda parte donde el protagonismo se escora hacia los reyes y sus asuntos palaciegos, quizá por exigencia del texto original, dejando a Grendel como un testigo pasivo y demasiado inmerso en sus angustias difusas. Del final no cabía esperar sorpresas (todos sabemos lo que le espera a Grendel), pero tampoco encontramos redenciones ni epifanías, lo que en cierta forma corrobora la inicial visión del mundo como algo oscuro y carente de sentido. El trago es duro para un lector que había llegado a empatizar intensamente con el monstruo, y que esperaba quizá alguna respuesta reconfortante en su destino.

A pesar de que deja cierto sabor a obra imperfecta o fallida, la ambición conceptual y la belleza que alcanza el lenguaje de John Gardner lo excusan todo, elevan la obra a categoría de extraña joya. Además, el hecho de que el libro nos haya llegado traducido por un escritor como Jon Bilbao también es un raro privilegio que no podemos dejar pasar.

Por otra parte, ¿no somos todos somos criaturas desorientadas en busca de su leyenda?


jueves, 31 de diciembre de 2009

"La puerta de los infiernos", de Laurent Gaudé




"¡Devuélveme a mi hijo, Matteo! ¡Devuélvemelo o, si no puedes, dame al menos a quien lo mató!".

No existe un argumento más dramático, ni cabe una motivación más poderosa para un personaje que los que presenta esta novela de Laurent Gaudé: vengar el asesinato de un hijo, descender a los infiernos para recuperarlo si es necesario. ¿Qué no estaría dispuesto a hacer Matteo De Nittis, un humilde taxista de Nápoles, por mitigar su dolor y el de su mujer, por borrar el momento en que su pequeño Pippo cayó fortuitamente abatido en medio de un tiroteo callejero? La puerta de los infiernos cuenta la historia de un duelo, el de la pérdida de un hijo, que es posiblemente el duelo más insufrible que puede imaginarse, y quizá por eso Gaudé ha decidido facilitar el trago al lector con una prosa esquemática, martilleante y limpia, tan segmentada en breves capítulos que la mano nunca abandona la esquina de la página.

Además de la pérdida, los temas que laten en este drama orfeico son tan poderosos como la justificación de la venganza o la determinación de dónde se encuentra la auténtica valentía. Matteo se ve cuestionado como hombre y como padre por partida triple: por no haber podido evitar la muerte de su hijo, por no ser capaz de vengarlo y por no hacer todo lo posible para traerlo de vuelta. Pero será Giuliana, su mujer, quien ceda la mayor derrota en esta historia, primero ante el odio indiscriminado y después ante el olvido.

La novela está contada en dos niveles temporales, el de la muerte de Pippo en 1980 y el momento de la venganza en 2002. Si digo que el ejecutor de esta venganza es el propio Pippo no estoy desvelando nada, puesto que la narración arranca en primera persona y con todas las cartas boca arriba. Desde el primer momento se nos avisa de que tenemos por delante una historia que romperá las barreras entre la vida y la muerte.

Pero, ¿estamos ante una novela fantástica? Efectivamente, el descenso de Matteo a los infiernos es un descenso literal y explícito, con sus criptas, sus puertas de bronce, sus almas en pena, sus paisajes devastados y sus sombras aulladoras. Pero hay algo radicalmente teatral en todo el viaje y su ambientación, una premeditada sensación de cartón piedra, de atrezzo, casi nos parece ver las cuerdas de las que cuelgan los espectros, la tramoya detrás del texto. Y no solo sucede con la puesta en escena sino también con los personajes secundarios (una autentica galería de arquetipos) y con los diálogos. Este es un libro donde los protagonistas (particularmente Giuliana, en su sarta de maldiciones, y el propio Pippo, al final) se plantan para soltar largos monólogos y casi se puede escuchar el resonar de sus voces por el anfiteatro. La inspiración de tragedia clásica es evidente en todo momento del relato, y no sorprende descubrir la condición de dramaturgo en la solapa biográfica del autor.

A pesar del esquematismo narrativo y de esta sensación constante de tramoya, la historia de Matteo y Pippo ha llegado a conmoverme. Uno termina con la sensación de que el lenguaje empleado por Gaudé era exactamente el adecuado para contar esta historia, de que hubiera sido imposible hacerlo desde un estilo hiperrealista, de que cualquier otro autor se habría perdido en estos infiernos de dolor y fantasmas y que Gaudé es capaz de estremecernos con solo mostrarnos el mapa de su ubicación.

En todo caso, una lectura recomendable.


jueves, 10 de diciembre de 2009

3 días





Seguimos con el género apocalíptico hecho aquí. En este caso, una recomendación para el alquiler en DVD.

3 días es una pequeña película realizada en 2008 que pasó discretamente por las carteleras pero obtuvo cierto respaldo de premios y crítica. Fue dirigida y co-escrita por F. Javier Gutiérrez, producida por Antonio Banderas y Antonio Pérez, y protagonizada por Víctor Clavijo y Eduard Fernández.

La premisa es sencilla: la televisión informa de que un asteroide va a impactar en la Tierra al cabo de tres días y no existe ninguna esperanza de supervivencia. En un pueblo remoto de Andalucía, Ale y su anciana madre comparten la alarma y la desesperación generales, pero añaden además una preocupación particular: temen que cierto personaje oscuro del pasado, el Soro, regrese al pueblo aprovechando el caos, para cumplir una vieja amenaza y acabar con toda la familia. Desde ese momento, Ale se convierte a regañadientes en el único protector de los niños, con los que se refugia en una casa del campo. La llegada de un desconocido que afirma llamarse Lucio desencadenará los acontecimientos...

A diferencia del libro de mi última reseña, donde el hecho fantástico estaba íntimamente entrelazado con el desarrollo de los personajes y la acción, aquí la premisa fantástica (catastrófica, en todo caso) sólo es un marco narrativo, casi un paréntesis que permite sacar a este reducido grupo de personajes de su vida ordinaria durante tres días para enfrentarlos con una siniestra figura de su pasado. Es decir, el meteorito podría ser sustituido por una bomba nuclear, un apagón o una invasión extraterrestre.

La idea del bandido/asesino que está a punto de llegar al pueblo alude directamente al género del western, sensación reforzada además por la ambientación y la fotografía. La narración es estrictamente lineal, previsible en demasiados momentos. De hecho uno de los principales reproches que se puede hacer a este guión es la ausencia de intriga en uno de sus principales giros: la llegada de Lucio. No se juega al misterio sobre la identidad de este personaje y, quizá por culpa de esa inspiración en el esquema del western, el duelo entre los dos protagonistas se reduce a un enfrentamiento netamente físico, apenas psicológico, por más que Clavijo haga lo posible por dotar al personaje de profundas angustias y resonancias dolorosas.

Aunque visualmente el film es atractivo e impactante, cansa un poco la obsesión por dejar claro que estamos en los años setenta, recurriendo a todo tipo de props, canciones e iconos de la época: ¿realmente es necesario mostrar a Eduard Fernández rebobinando casetes Basf con un boli Bic? (Sí, ya sé que es una tontería de crítica, pero no me resisto)

No voy a decir cómo termina, por supuesto. Pero este es un tema que me fascina; sería muy interesante hacer un listado con todos los finales de historias apocalípticas de los últimos años, tanto literarias como cinematográficas, y ver cuántas de ellas han dado con una solución satisfactoria para el lector/espectador. Porque me parece casi imposible. Está claro que, en un contexto en el que el mundo se ve abocado al final, la única epifanía que cabe se encuentra en la cabeza de los personajes: hacer las paces con su pasado, con su familia, con sus demonios, etc, etc. Eso, o montamos a Bruce Willis en una nave espacial y salvamos al planeta en el último segundo.

En fin, me temo que en esta película no tenemos a Bruce Willis. Pero tenemos a un puñado de actores nacionales que no están nada mal, un guión no brillante pero con buen pulso, y un director con buenas ideas al que habrá que seguir la pista.

Recomendable para sufrir/disfrutar un rato y ver que existe más cine español del que pensábamos. Podéis ver el trailer aquí.


domingo, 29 de noviembre de 2009

"Fin", de David Monteagudo




Varias personas me habían recomendado efusivamente este libro, pero confieso que comencé a leerlo con las cejas arqueadas de escepticismo; la premisa inicial me sonaba familiar, material trillado del género de suspense fantástico: un grupo de amigos se reúne después de 25 años en un refugio de montaña, para recordar viejos tiempos, cuando a medianoche comienzan a suceder cosas extrañas...

No sólo me venía a la cabeza El cazador de sueños (que certeramente apunta Manu González en su crítica para Qué Leer), sino también —conforme avanzaba el relato— otras obras de Stephen King y también la reciente película de Shyamalan El incidente. Se trata en definitiva de un relato fantástico apoyado fundamentalmente sobre la psicología y las emociones de los personajes, un puñado de gente muy normal en el trance de asumir quiénes son y cuál es el balance de su vida en la crítica frontera de los cuarenta.

La otra referencia que he visto utilizada para comparar esta novela es La carretera, de Cormac McCarthy. Mi recelo inicial (adoro la novela de McCarthy y no concedo fácilmente el privilegio de la equiparación) pronto se diluyó y, si bien el estilo del norteamericano es infinitamente más adusto y distinguible, entendí que un mismo espíritu de destino trágico flota sobre los dos libros, apuntando quizá a una clave fundamental de la narración fantástica contemporánea (clave destapada por autores paradójicamente no fantásticos) y que tiene que ver con la derrota del pensamiento racional, pero al mismo tiempo la necesidad todavía más imperiosa de mantener ciertos códigos humanos en medio de este regreso al barbarismo; no se trata sólo de sobrevivir, sino de encontrarle (devolverle) un sentido moral a nuestra supervivencia.

Monteagudo nos presenta un paisaje en las antípodas del ceniciento mundo devastado de McCarthy; de hecho, uno tiene la impresión al leer Fin de que se trata tanto de un asunto profundamente humano como de una reivindicación de la naturaleza, una restauración repentina y justiciera de su estado de esplendor primigenio, epatante en su belleza pero también estremecedor, porque certifica el fracaso del mundo erigido por el hombre y nos presenta como un objetivo a eliminar, o peor aún, simple pasto para carnívoros.

El narrador se convierte a ratos en paisajista y se aleja para mostrarnos a los personajes en su pequeñez dentro del entorno, para a continuación acercarnos en un zoom asombroso hasta lo más profundo de su psique, pero sin abusar de la abstracción y la omnisciencia, sino recurriendo a los diálogos, en los que Monteagudo se maneja con una naturalidad maestra.
El hecho fantástico puede adquirir categoría apocalíptica, pero el narrador consigue mantener bien atado el nexo entre el todo imposible, la derrota global de la humanidad, con las pequeñas batallas del individuo contra sus miedos y sus demonios particulares.

He aquí un libro importante, además de apasionante. Otra demostración (y aquí sí me atrevo a compararlo con La carretera) de que la calidad literaria y la solvencia psicológica no están reñidas con el pulso y el suspense de best seller, ni mucho menos con la fantasía. Un libro revelador y asombroso. ¡Compradlo! ¡Leedlo! ¡No esperéis a la película!

jueves, 12 de noviembre de 2009

¿El regreso de King?


No es que se hubiera ido, de hecho no ha dejado de presentar novelas y colecciones de cuentos en todo este tiempo, pero quienes seguimos de cerca a Stephen King teníamos la sensación desde hace un puñado de años de que ya no le quedaba nada interesante que decir. De que era hora de retirarse y ceder el testigo a... Joe Hill, pongamos por ejemplo. Pues bien, tal vez nos hayamos precipitado.

Esta semana ha sido publicada en Estados Unidos su nueva novela, Under the Dome (Bajo la cúpula), un tocho de mil páginas que, mira por dónde, encaja perfectamente con mi paranoia personal del slipstream a juzgar por lo que dice Janet Maslin en su artículo del New York Times.



En lugar de fusilar el artículo os voy a recomendar que lo leáis en su sitio original, porque está muy bien escrito y da gusto asistir al reencuentro del viejo rey del terror con la crítica a estas alturas de su carrera. También es imprescindible la lectura de la exhaustiva entrada colgada en wikipedia para conocer cuál es el origen de este libro, además de otros datos tan enjundiosos como que el manuscrito original pesaba 8,6 kilogramos.

El libro trata de un pueblo, Chester's Mill, que un buen día amanece atrapado bajo una inmensa cúpula de origen desconocido, transparente e indestructible. ¿Ciencia-ficción? ¿Terror? Hum, va a ser que no.

Me quedo con la última frase del artículo de Maslin: "En ningún otro lugar de la inmensa obra de King han colisionado el mundo real y el fantástico con una fuerza tan brutal".

lunes, 9 de noviembre de 2009

HispaCon 2009


Ya es el tercer noviembre que la gente de Oscafriki me proporciona una buena excusa para tirar millas y reunirme en Huesca con viejos amigos y autores de género. Y en esta convocatoria los amigos y autores han sido legión, porque Diego y Abigail se han liado la manta a la cabeza y han conseguido traerse a su tierra el mítico Hispacon. Por lo que yo puedo contar, la organización ha sido espectacular y perfecta en todos los sentidos. Enhorabuena otra vez.

El sábado tuve la oportunidad de dar una breve conferencia sobre el slipstream, que reproduzco aquí abajo por si alguno de los presentes no fue capaz de seguir mi lectura a 45 r.p.m. Algún día aprenderé a vocalizar, lo juro.
También pude asistir a la interesante mesa redonda en la que David Mateo, Juan Miguel Aguilera y Raúl Gonzálvez especulaban sobre el futuro del e-book, así como a la charla prospectiva de Emilio Bueso sobre la vanguardia del terror y a la desquiciante conferencia de Alfredo Álamo sobre sexo, drogas y rock en la literatura de terror. Me traigo dos nombres apuntados: China Miéville y Voltaire (no, no me refiero al filósofo).

Pero como todo el mundo sabe, aquí se trata de charlar con los amigos, comer bien y repartir premios. Allí estaban casi todos los miembros de Nocte: Jasso, Soto, Mars, Tamparillas, Mateo, Malo, Cerdán, Díaz Olmedo, Laguna Edroso, López Muñoz, Bueso, Bribián, Puente... Y mucha otra gente de la órbita de la AEFCFT que espero ir conociendo con más calma. Mi problema de todos los años es que dispongo de una sola tarde-noche y siempre me vuelvo con cara de haberme perdido lo mejor, pero es lo que hay.

El momento culminante de las jornadas fue la entrega de los premios, que los había muchos y variados. Yo recorrí muy feliz el comedor del hotel para recoger mi Nocte a la mejor novela de terror (gracias otra vez por la sorpresa, Mari Luz) y luego básicamente me dediqué a aplaudir. La lista completa la podéis ver aquí.

Un placer veros a todos. El año que viene más y mejor.

Así lo pagan quienes osan arrebatarme un Ignotus.
(¡Enhorabuena, David: Día de perros mejor novela nacional!)


Con el flamante ganador del Domingo Santos, Emilio Bueso.


Slipstream, o el fin de los géneros





Esta es la primera página de “La carretera”, de Cormac MacCarthy, el libro más terrorífico que he leído en los últimos años, puede que en toda mi vida. Solo que no es un libro de terror, ni de ciencia ficción, a pesar de que cuenta una fantasía postnuclear de auténtica pesadilla. ¿Por qué no podemos encontrar este libro en las estanterías de ciencia ficción o terror? ¿Por qué tiene el privilegio de ser colocado en las estanterías de literatura general? ¿Qué lo hace diferente? ¿Qué lo hace mejor que otros libros?

Luego daré mi respuesta personal.

Esta conferencia se titula “Slipstream, o el fin de los géneros”. La palabra “fin” quizá suena demasiado drástica, podría sustituirse por otras como “superación”, “hibridación”, “emancipación” o simplemente “cruce de géneros”, que es de lo que estamos hablando.

DEFINICIÓN DE SLIPSTREAM

La denominación “slipstream”, que literalmente significa “rebufo” o “estela”, ya tiene veinte años y fue una ocurrencia del escritor de ciencia ficción Bruce Sterling. Lo que dijo exactamente, en un artículo para la revista SF-Eye, fue:

Existe una clase de escritura contemporánea que se opone determinantemente a la realidad consensuada. Es una escritura fantástica, a veces surrealista, en otras especulativa, pero no necesariamente. Su objetivo no es provocar una sensación de asombro a la manera de la ciencia ficción clásica. En lugar de eso, se trata de una clase de escritura que simplemente te hace sentir muy extraño; del modo en que te hace sentir la vida cotidiana a finales del siglo veinte si eres una persona de cierta sensibilidad. Podríamos llamar a esta clase de ficción Novelas de Sensibilidad Postmoderna, pero eso quedaría muy mal en la estantería de una librería; así que, para manejarnos más comodamente en el debate, llamaremos a estos libros “slipstream”.

Lo primero que hay que decir es que el slipstream no es un género ni una etiqueta, sino más bien lo contrario, una anti-etiqueta, o un anti-género. No veréis jamás estanterías de slipstream, ni libros que lleven la palabra slipstream en la solapa.

De hecho, la mejor manera de reconocer un libro slipstream es cuando en el resumen de su solapa encontramos cosas raras como:

“Rompecabezas filosófico, thriller psicológico, innovadora mezcla de realismo y fantasía, apasionante aventura, éste es un libro que se resiste a ser etiquetado”. O “Si Haruki Murakami y Paul Auster crearan juntos un cruce de Moby Dick y El Mago de Oz, producirían algo parecido a esta novela”. (Frases promocionales de La memoria del tiburón, de Steven Hall)

Otra forma más sencilla de reconocer la literatura slipstream es decir que se trata de libros de fantasía escritos por autores no especializados en la fantasía y publicados por editoriales generalistas. Según esa descripción, estos serían algunos ejemplos de libros slipstream publicados en España en los últimos dos o tres años.



Como se puede ver, son libros que no tienen absolutamente nada que ver entre sí, salvo el recurso a la fantasía en mayor o menor grado.

El slipstream no es un género y por tanto ninguno de estos libros reúne unas características formales comunes; cada autor tiene su propio estilo y se sirve de las convenciones y de los recursos de los géneros sólo cuando le apetece y de la forma en que le conviene. En cierta forma es como un buffet libre donde el elemento fantástico es simplemente una bandeja más de la que puedes servirte a voluntad sin que nadie te pida explicaciones.

Por eso al hablar del slipstream hay quien piensa inmediatamente en la palabra intrusismo, hay quien lo considera una invasión del terreno fantástico por parte de autores realistas, como si la fantasía fuera el coto vedado de unos pocos.

Uno de los principales exponentes actuales del slipstream es Jonatham Lethem, autor de La fortaleza de la soledad.

Lethem escribió un artículo en 1998, titulado “La promesa perdida de la ciencia ficción”, que comenzaba especulando con la posibilidad de que Thomas Pynchon ganara el premio Nebula en 1973 con El arco iris de la gravedad. Pynchon llegó a ser finalista pero fue derrotado por Arthur C. Clarke, con la novela de ciencia ficción hard Cita con Rama. Lethem decía que la nominación de Pynchon quedaría para la historia como la lápida que señala la muerte de la esperanza de que la ciencia ficción se podía fusionar con el mainstream.

En aquel artículo, Lethem celebraba el intrusismo de autores posmodernos como Pynchon o DeLillo en la escena fantástica, porque eran casi los únicos que estaban aportando algo nuevo y la estaban haciendo avanzar. Reprochaba a los autores de género de los setenta y los ochenta que se habían dormido en los laureles o incluso que habían dado un paso atrás, antrincherando el género en sus planteamientos más clásicos. Lethem también arremetía contra Lucas, Spielberg y Tolkien porque con su éxito habían estancado el género en el infantilismo.

Yo no estoy de acuerdo con esto. Decir que Lucas, Spielberg y Tolkien contaban historias para niños es decir media verdad, que es como no decir nada. Sus películas y sus libros funcionaron porque producían una resonancia que iba mucho más allá de la parafernalia y el escenario fantásticos. De hecho Spielberg podría ser considerado el padre del slipstream por la forma de presentar lo fantástico como un acontecimiento emocional antes que ninguna otra cosa.

Lethem fue bastante criticado por este artículo, pero en resumidas cuentas él venía a reivindicar algo tan razonable como la eliminación de barreras entre la literatura de género y la alta cultura entre comillas. Se trata de un mensaje sobre todo dirigido a la crítica literaria que ignora o minusvalora sistemáticamente a la ficción fantástica. El problema es que esta especie de género “fantástico literario” es una tierra de nadie donde el autor se expone a sufrir la incomprensión de los dos lados, de los puristas del género y de los detractores del género, como le ocurre habitualmente a Lethem.

El slipstream ya tiene incluso su primera antología, titulada “Feeling very strange”. El editor de esta antología es James Patrick Kelly. Y a pesar del título, que hace referencia a ese efecto de extrañeza aludido por Sterling, es interesante que Kelly asocia el concepto slipstream no tanto al efecto causado en el lector como a la actitud del escritor a la hora de escribir. Lo que dice Kelly es:

“Sé lo que se siente cuando escribo ciencia ficción y fantasía, entiendo lo que cuesta construir los mundos y elaborar las tramas. Pero cuando escribo Slipstream, me encuentro a mí mismo adoptando estrategias distintas, cambiando mis expectativas. No lo entiendo todo, la escritura se siente diferente. Extraña.”

Esto tiene que ver con algo que decía Roger Caillois de la literatura fantástica en general:

“El arte de veras fantástico no nace de la deliberación de su creador sino escurriéndose entre sus intenciones. Lo fantástico no resulta de una técnica, no es un simulacro literario, sino un imponderable, una realidad que, sin premeditación, sucede de pronto en un texto literario”.


ENTRE LO FANTÁSTICO Y LO POSMODERNO

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre el fantástico, el realismo mágico, el slipstream y la literatura posmoderna?

Podría decirse que toda la literatura posmoderna es fantástica, en cuanto que cuestiona la validez de la realidad, que ya no es vista como un valor absoluto sino como una construcción sociocultural. La literatura posmoderna hace que nos resulte extraño lo cotidiano, porque pone en cuestión nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos, pero no juega necesariamente con elementos fantásticos externos que irrumpan en lo cotidiano.

Quizá la clave se encuentre en otra etiqueta inventada por el escritor Jaime Alazraki: la de literatura Neo-fantástica.

Con la noción de “neofantástico” Alazraki trata de diferenciar el trabajo de Cortázar de la tradición fantástica del siglo XIX:

“En contraste con la narración fantástica del siglo XIX en que el texto se mueve de lo familiar y natural a lo no familiar y sobrenatural, como un viaje a través de un territorio conocido que gradualmente conduce a un territorio desconocido y espantoso, el escritor de lo neofantástico otorga igual validez y verosimilitud a los dos órdenes, y sin ninguna dificultad se mueve con igual libertad y sosiego en ambos”.

El neo-fantástico se distingue del fantástico en que no hay vacilación ni necesariamente miedo, elementos que Todorov consideraba fundamentales en todo relato fantástico. Posiblemente “La metamorfosis” de Kafka sería el relato inaugural de esta clase de fantasía moderna.

Pero yo creo que el slipstream da un paso más allá del neo-fantástico, que lo acerca más a la literatura posmoderna o post-posmoderna pero que también retoma la esencia del fantástico puro, que como dice David Roas, es el conflicto.

Lo que diferencia la literatura posmoderna de la fantástica es que en la primera no se produce un conflicto entre realidad y fantasía, porque el conjunto de la realidad e incluso la propia identidad están bajo sospecha desde la perspectiva posmoderna.

Mi tesis es que, si existe tal cosa como el slipstream, se encontraría en un hipotético punto intermedio, un equilibrio inestable, donde sí hay conflicto, pero ese conflicto es asimilado y superado de alguna forma, en lugar de convertirse en el asunto central.

Autores como Lethem o Palahniuk cuentan historias donde lo fantástico irrumpe de forma conflictiva, pero las herramientas estilísticas y la perspectiva con que nos muestran ese conflicto se parecen más a la literatura posmoderna que al relato fantástico clásico. Lo que consiguen así es ir más allá del conflicto fantástico, pero sin perderlo, apoyarse en él para contar una historia que en el fondo trate de asuntos muy mundanos, y al mismo tiempo posmodernos, como la identidad, el significado o la representación.

La fortaleza de la soledad cuenta la historia de dos chicos de Brooklyn que un día se encuentran un anillo que les concede superpoderes. Y son auténticos superpoderes, no metafóricos: pueden volar, pueden hacerse invisibles de verdad. Pero la novela no trata sobre eso. Lethem consigue que nuestro interés siga centrado en la vida cotidiana de los chicos, en sus conflictos humanos; el elemento fantástico lo que hace es arrojar una luz extraña sobre esos conflictos, dándoles más relieve.

La barrera que separa el slipstream, tal como yo lo entiendo, de la literatura posmoderna es la ironía. El slipstream necesita una base fiable, un pacto de lectura mínimo, porque necesita emocionar, y es muy difícil emocionar cuando el lector pierde toda referencia y todo es susceptible de revelarse como una broma. El escritor slipstream necesita que te creas que lo que estás leyendo es real, no es una representación o un juego.

LA LÓGICA EMOCIONAL

La clave del slipstream está en lograr ese equilibrio entre el lado fantástico y el lado realista sin que uno venza al otro. ¿Cómo se consigue? En mi opinión, mediante las emociones. Llevándolo todo no tanto al terreno de la psicología o de las percepciones, sino al terreno emocional. Buscar que los acontecimientos, tanto los reales como los fantásticos, se acomoden a una misma lógica emocional, una premisa emocional que tenga sentido para los dos mundos.

Al contrario que en la fantasía pura o en la ciencia ficción, donde el hecho fantástico se explica por una lógica externa o alternativa, en el slipstream la lógica se encuentra en el interior de los personajes, en sus emociones.

El mejor ejemplo de esto para mí no se encuentra en una novela, sino en una película: El sexto sentido.



Este es el famoso diálogo entre Malcolm y Cole, el niño. La frase que nos ha quedado a todos es la de “en ocasiones veo muertos”. Pero en realidad, la frase sobre la que se sustenta toda la película, la piedra lógica angular de esta historia es otra, que está ahí en medio, escondida: “Sólo ven lo que quieren ver”. Aceptamos esta premisa sin cuestionarla porque nos la dice un niño llorando, pero en realidad, aquí Shyamalan (fiel discípulo de Spielberg) nos está haciendo comulgar con una rueda de molino increíble. ¿Cómo que “solo ven lo que quieren ver”? ¿Desde cuándo los fantasmas sólo ven lo que quieren ver? Es una ocurrencia original de Shyamalan, pero nos la creemos sin cuestionarla porque 1º no va en contra de lo que creemos saber sobre los fantasmas y 2º de alguna forma parece responder a una lógica emocional; es aceptable que, si ni siquiera sabes que has muerto, tampoco seas consciente de otras cosas, por ejemplo, de que hay otros fantasmas en tu misma situación, o de que la gente se comporta contigo de una forma extraña. Esta frase y no otra es la que permite a Shyamalan construir este guión en el que el protagonista está muerto y no lo sabe. Porque si el personaje de Bruce Willis pudiera ver a los otros fantasmas o fuera consciente de que nadie más que el niño le ve a él se desmoronaría toda la película. De modo que Shyamalan emplea una técnica slipstream que consiste en justificar emocionalmente una lógica inventada y fantástica; y le funciona muy bien.

Extendiendo un poco más este planteamiento, se podría decir que el drama, en general, hace buenas migas con el slipstream o con el fantástico posposmoderno. Esto es así porque cuando le ponemos al lector en un escenario dramático le estamos bajando las defensas, lo estamos desarmando. Y si somos lo suficientemente sutiles podemos aprovechar esa vulnerabilidad para convencerle de lo que queramos: de que hay fantasmas, de que existen los peces conceptuales, de que un hombre se puede transformar en moscas, de que vivimos rodeados de caníbales en una sociedad postnuclear…

Por lo tanto, la prueba del nueve para saber cuándo estamos ante un buen o un mal libro slipstream no sería preguntarnos cuánto nos ha asombrado (como en el fantástico clásico) o desconcertado (como la escritura posmoderna), sino cuánto nos ha conmovido.

Volviendo a la pregunta: ¿qué hace mejor La carretera que todos los libros fantásticos y de terror publicados en los últimos años? Por supuesto, el estilo literario de McCarthy es inseparable del efecto que logra el libro; sobra decir que esta novela no habría ganado el Pulitzer ni habría tenido la repercusión que tuvo de haber estado escrita en una prosa convencional y complaciente como, pongamos por ejemplo, la de Stephen King. Pero más allá del estilo personal de McCarthy, que puede no agradar a muchos, lo que hace superior a este libro sobre todos los libros de género publicados en su época es que La carretera no sólo te hace pasar una insoportable angustia y un verdadero miedo, sino que también te hace llorar. Te emociona y te deja tocado tan profundamente que luego ya no te lo puedes quitar de la cabeza. Esa es la diferencia. Podemos llamarlo slipstream, o simplemente, buena literatura.